Para un lector muy picado y muy serio

Veinte minutos después de publicar ese último poema, recibí un comentario de un lector anónimo, muy preocupado por la calidad del escrito, señalando que un tema como Hora de Aventura no era nada serio ni mucho menos poético, y que por favor no me permitiera hacer el ridículo de semejante forma.

Ustedes dirán que la norma reza que uno no puede perder tiempo con estos incidentes pero me parece un momento muy oportuno para conversar, de nuevo, sobre el estado de salud de la libertad de expresión y de la forma en que a duras penas convivimos.

Mire, compadre: yo puedo escribir un poema sobre lo que yo quiera. Y puede que a nadie le guste el poema y ahí no hay nada que discutir. Pero, ya va, ¿usted quiere debatir conmigo qué es LA poesía e imponerme su concepción? Debo confesar que no me levanto cada mañana pretendiendo responder a la interrogante sobre la naturaleza de la creación poética: conozco apenas mis razones y no alcanzan para contestar a mis propias preguntas. Escribo un poema cuando quiero y cuando no, pues no. Fui a la universidad y tomé los cursos correspondientes, pero el acto creador me excede o me aniquila (tampoco necesito explicar eso cada cinco minutos). De igual forma no me interesa fiscalizar los ideales literarios de nadie: me contento con leer lo que me complace y con no leer lo que no me complace. Vaya usted y escriba sus poemas, publique libros, tírese de un balcón, métase a crítico literario, lo que guste, haga, deshaga y rechace tanto como quiera a Finn y a Jake. Pero no crea que de verdad tiene el poder. Porque si lo que de verdad la interesa es el poder y fiscalizar la vida de los demás, entonces pídale trabajo al gobierno. ¿O acaso usted también se opone a la barbarie y a la censura?

Para el resto de nosotros solo pido meditar, sin pelos en la lengua, cuánto de verdad soportamos la libertad de los otros.

Hora de aventura

La peor tragedia
es el momento de reconocer

«marica, no soy inmortal».

Quizás por eso
todavía de vez en cuando
necesito sentarme frente a Cartoon Network
para ver qué hacen Finn y Jake:

quiero creer que soy capaz
a pesar de mis convicciones cronometradas
y de mis órganos pudriéndose
que venceré al rey frío

que blandiré mi espada
como el más inocente
de los dibujos.

.

(Para M., E. y A.)

deathandmysticism:

St. Michael weighing a human soul and a devil, Lucas Cranach the Elder, 1506

deathandmysticism:

St. Michael weighing a human soul and a devil, Lucas Cranach the Elder, 1506

(vía centuriespast)

Anotación en la cola del chino

La gente dice:

«Enza, el tiempo lo cura todo
tienes la vida por delante
de hecho
la vida es simple pero nosotros la complicamos
no te preocupes
mañana saldrá el sol
no hay mal que dure cien años
no llores
el mundo no se acaba aquí
Enza
ten paciencia
recuerda al hombre que no tenía zapatos
y se encontró a un hombre sin pies
agradece que no eres africana
mira, ahí tienes la nevera llena
Enza, Enzita
cualquiera te hace el favor
no tienes derecho a sufrir
no tienes un hijo enfermo
no tienes deudas en el banco
Enza, mijita
usas Android, Zara y Dioxogen
tienes un papá responsable
y no padeces un horario de trabajo
intenta, no hables de tus sentimientos
al menos en eso
finjamos que somos británicos

recuerda
escribir puede salvarte»


Entonces asiento y doy las gracias
abro la boca y recibo la galleta
digo sana y orgullosa:
pronto saldrá el poemario
tengo unos amigos geniales
incluso logré perdonar a mi madre
voy y le tomo fotos a mis dibujos
y sé que dos o tres personas me envidian
o que dos o tres me harían el favor
sí, por supuesto
escribir puede salvarme
no hay mal que por bien no venga.

Entonces
abro la caja en silencio
y riego las piezas en la cama:
Dios me dio un ángel muerto
y yo insisto en resucitarlo.

Lo malo es que no estoy cobrando por el chou.

Dos anotaciones en el estacionamiento de Farmatodo

I

Los niños son titanes.
Después crecen y recogen
sus cosas muertas en un saco.

Lo que no mata, engorda.
Lo que no mata, fortalece.
Lo que no mata nos mantiene vivos
para dejarnos caer y volvernos triza
antes de que siquiera
toquemos el piso.

Lo que no mata, escuece
hay un titán viejo relamiéndose los bigotes
se mueve por dentro y abre
rendijas en la carne
con tal de espiar un rato
hasta que se aburre, duerme
y lo que sueña no te deja dormir.

Lo que no mata, realmente
no quiere que vivas.

Dile al cielo que te detenga
mira cómo la memoria
no te compadece.

II

Lo único malo de los poetas que sobreviven
-pongamos que me refiero a cualquier polaco-
es que llegan iluminados
por esa estúpida gallardía sagrada
culpándote porque eres apenas un joven
del tercer mundo
convencido, entre otras cosas,
de que no podrá sobrevivir.


Me entra la sarna cada vez que los leo
y recuerdo que no puedo matarme:

Es una canción muy larga
no poder matarse
es el peso de cada año
intentando venerar
este sacramento arrepentido.

Postales de la tribu (III)

Con algo de suerte
uno es capaz de recordar su primer encuentro
con la muerte

yo tenía cinco años
y todo empezó con mi mamá
derramada en el piso de la cocina

y las explicaciones que nunca me dieron
mi vocecita de pronto dañada y adulta
rogándole a la crisis nerviosa
que no se llevara a la vieja
(la vieja tenía 37)

esto quiere decir además
que aquella fue la primera vez
para sentirme arrancada
como si un deslave me hubiese tapiado el rancho
ese fue mi primer atisbo
de la verdad:
ni muerta
volvería a meterme al útero de mi madre
Dios me libre
de reincidir en el delirio
que arrasa con la estrellita de 5 años
y que todavía a los 27
no sabe
y ve para otro lado
cuando pregunta.

(Para Octavio)

Sobre las promesas

–Enza, no te voy a mentir –señaló mi papá después de tomar un sorbo de Nestea durante el almuerzo–. Hay cosas que no se olvidan, no se curan, no se calman. No, ni un poquito. Están ahí todo el tiempo. Yo soy un hombre de sesenta años y todavía no se me olvida lo que sentí la primera vez que vi a mi papá y el viejo no alcanzó más que a encogerse de hombros y preguntarme que si yo era Enzo o era Oswaldo. A mí no se me ha quitado la tristeza y la decepción de ese día. ¿Te imaginas lo que es tener quince años y que te hagan eso? Entonces pasa el tiempo y al principio estás tan ocupado que crees que lo olvidaste, pero es mentira, hasta que vuelve a pasar el tiempo y solo quieres hablar de las cosas importantes. Yo sé que tú no olvidas nada. Bueno, cuando te pongas vieja será peor y me pone triste saber que no estaré ahí para acompañarte. Por eso quiero que me prometas que estarás bien, que no te vas a volver muy loca, que quizás cuando te sientas mal vas a escribir sobre eso y no te harás mucho daño. ¿Sí? ¿Me lo prometes?

Mi madre apareció en la puerta con una noticia y nos interrumpió antes de que pudiera decir nada. He subido apresurada, luego de lavar los platos, para anotar que quizás el sentido de una promesa no reside en llevar a cabo su contenido, sino en enunciarla, en convertirla en una joya verbal, como si prometer, en el fondo, no fuera más que elaborar una plegaria frente al corazón de alguien amado. Uno promete porque no quiere estar solo mientras el tiempo pasa y no hay olvido.  

theparisreview:

From 1947, T.S. Eliot reads “The Naming of Cats.” (via)

"She came like one of her drawings about the world of fishes, or perhaps about the world of animals. She lives with animals. Certain animals. She knows their secrets, which are not secrets to them, but secrets from us. I doubt whether she chose the animals she lives with; they, I guess, chose her. Which would be normal, for it is they who live in her. Inhabit her. They were sitting invisibly inside her at the table."

A Woman and a Man Standing by a Plum Tree. John Berger

26+1

Llegó la hora de ponerme ceremoniosa
porque voy a cumplir años
reconocer por ejemplo
que no me regalarán un perro
ni tampoco un iPod
tiempo de hacer preguntas
que no me hice a tiempo:
oye Enza
por qué un diente de león
se deshace en añicos
al primer viento
por qué no corres más rápido
cuando pasa el heladero
por qué elegiste marzo
por qué
dejaste de amar
despacio
aquella ardua futilidad 
con nombre de arcángel 

cumplirás veintisiete
y ya gastaste el show del suicidio
diez años antes

dormiré ceremoniosa
mientra dibujo todo animal
que no me corresponde.

23:11

Dios no me hizo para dibujar gatos
ni para amar lento

olvidó aclarar en qué idioma
debíamos odiarnos

Dios me dio a Eliot y a Montejo
el mito de mi propia caverna
memoria, ermitaño, vocálica

Dios me preocupa
se aparece en mi cuerpo
y me desaloja.

Partir o The Wolf In The Rhy

image

«En La Casa del Dragón se daban cita los personajes de un drama insignificante», dice Israel Centeno en una de sus novelas. Vivimos en esa casa, me temo, insistiendo en la grandilocuencia inútil de proporcionarle un nombre: decimos patria, mártir, venceremos. Somos un rastro de polvo sobre un alfabeto umbrío que araña sus astucias pasadas, siempre pasadas. La filosofía que nos queda es la del arqueólogo, pesquisas de mausoleo. Esta obra narrativa será indispensable para adivinar la perversidad de, al menos, estos últimos dos siglos. No tanto por su amplitud de tópicos sino porque, a fin de cuentas, no es mucho lo que ha cambiado.

Centeno aparece en 1992 con una novela profética, distinguida con el Premio CONAC de Narrativa: Calletania retrató la ideología del corrupto mesiánico o el festín del hombre nuevo, eyaculador demagógico. Fue el canto chirrido, sellado con atávicas especias, de la carne sobre la brasa, de la hembra desprovista pero siempre allanada. Quien escribe estas líneas, desde los barrotes de su casa apenas burguesa, vio esta historia antes de que el libro llegara a sus manos: Calletania es la crónica del universo barrio, sangre y una larga fila de vírgenes en la espera del caballero que las cruce y les otorgue una mácula. Ese no era mi mundo, no conocí el hacinamiento, pero también quise huir, como quien se lava la herencia con agua y jabón.

Centeno sabe que el exilio es parte de su jugada. Lo supo desde la primera vez que se escondió en el cesto de ropa: «Tenía siete u ocho años y me metí engolosinado con un libro de Stevenson: La isla del tesoro. Estaba engolosinado porque me habían regalado la biblioteca juvenil Gloriel». Y luego se marchó de la ciudad donde fue hombre por casi cincuenta años: «Acá en Pittsburgh, luego de haberme ido con visa de turista, se fue tramitando mi residencia por habilidades especiales. Luego de una visita a Barcelona, me puse en contacto con City Of Asylum Pittsburgh. Me solicitaron sustentar mi condición de exclusión como escritor en mi país, y lo hice con todo el expediente que tenía ya introducido desde los golpes, persecuciones y amenazas desde la edición de El Complot, y con todo el epistolario recibido por mis amenazadores, todo refrendado por las denuncias que hice, por ejemplo, ante Cofavic. Acá me dieron una residencia como escritor en situación de exilio, o sea, fui el escritor en residencia de City Of Asylum Pittsburgh por dos años. Aunque han pasado los dos años, he mantenido los vínculos con la organización: escribo artículos para su revista, Sampsonia Way; participo en sus lecturas, ya son tres años en el Jazz Poetry festival. Y ahora, he comenzado a dar workshop, charlas y conferencias en Universidades. Acabo de culminar una residencia en Cornell University e Ithaca City, y voy a una residencia en Lafayette College en unos días. Ahora tengo visa de residencia permanente en USA. Mi visa no es de asilo pero me he declarado en situación de exilio. Exilio político, entre otras cosas».

Pero el lobo en su trono (oxidado) no puede deshacerse del electrocardiograma de la tierra que lo maldijo y lo empujó al mundo: tierra madre inocente, tierra padre sin rostro, tierra mar abierto, cráneos, edictos, pisadas. Los aullidos de estos personajes relatan órganos y viejos resabios: la pornografía es la poética de un mapa emocional, el tótem cánido que sirve como catalizador de los intentos, siempre intentos, de criaturas sin mensaje y sin destinatario. La Casa del Dragón (Alfadil, 2004), el volumen de cuentos góticos Criaturas de la Noche (Punto de lectura, 2006), y Bajo las hojas (Alfaguara, 2010) –novela finalista del Premio Planeta– forman una trinidad especialmente representativa de mi hábito como lectora de Centeno: ruido, ruido espiritualizado, siempre ruido en busca de un discurso.

Una vez Centeno me habló de cierto pasaje mahleriano, un solo de violín (que además aparece en su cuento «La casa»). Más tarde en esa misma conversación, Centeno hablaría de Paula C. De pronto sentí que había dado con una de las claves de su universo narrativo: esta propensión judía a lo tribal, a los cuentos de gólems y dibuks, parecía, en él, copular armoniosamente con la salsa, esa protesta filosófica propia del bajo vientre. El posromanticismo de principios del siglo XX alcanza una cumbre en el ruido buscando espíritu y en el cuerpo de la mujer que se fue. Que se fue y que habla: «Soy un papel blanco que no se llena de historias, las historias vienen a mí y el papel sigue en blanco, soy liviana, soy la hoja, esa carrera, el hastío, ¿de qué se me acusa? Una mujer debe soltar su mirada al mundo y romper todos los corazones que desee», dice una de las voces afantasmadas que atraviesa Bajo las hojas. Acaso la historia de la literatura se resume en un catálogo de síntomas que apenas piden ser enumerados.  

Palabras claves: bruja, hembra, amarilla, niebla, derviche, girasol, perico, semen, Ramos Sucre, incesto, colmillo, cerro, clítoris, Knoche. Los cuentos y las novelas de Centeno recrean un equilibrio mórbido y escurridizo entre anécdota y lírica, no apto para lectores que exigen comodidades. Sus novelas de universos superpuestos y de géneros licuados, se disputan la atención con los cuentos que homenajean una tradición personal de referentes, de igual manera, en el marco de una verbalización que va de la insolencia a la consonancia hiperbólica. ¿Se desdobla el narrador para cada forma?  «Antes lo tenía claro. Una cuestión de respiración. Respiración corta, verticalidad. Sabes, estructuras, no más de tres personajes, limitar los entramados temporales. Parece una receta útil cuando estás aprendiendo a escribir las primeras cosas. Luego todo va a depender de lo que quieras hacer mientras narras. Cómo vas a bailar o a cantar la historia, ¿la dibujarás jazzeando? Esas cosas. Una vez dentro de esto, usas los géneros. Enlazas cuentos en una novela o dibujas una novela en un cuento: «El jardín de los senderos que se bifurcan» o «Los inmortales». Y si escribes poesía, ¿cuánta unidad de contenido le impones a las formas? A veces deseas como resultado final de una gran novela, la epifanía. La revelación poética. Digo todo esto porque podría recurrir a las fórmulas aceptadas por la ortopedia sobre lo que delimita o desdibuja a cada género», acota el padre de dos, el hijo de Norma.

 Cada lector tiene bajo la manga el cuento que presiente como el más bello y triste del mundo (para usar una expresión de la profesora Violeta Rojo). La musicalidad tribal y el verbo que fustiga le permitieron a Centeno componer uno de los relatos fundamentales para ensayar la existencia de Caracas. «El velo», de Criaturas de la noche, es el espacio interpretado (como si se pudiera), la ciudad desde la cumbre y la caída, que recuenta la historia del hombre, sus ritos sacrificiales, encomienda y eyaculación, gracias a una breve postal sobre el ascenso del protagonista narrador que presagia a la perra amarilla, arrastrando por la montaña la dificultad de elaborar un testimonio definitivo sobre sí y la ciudad impenitente: «Una verdad no se impone ni se predica, una verdad se vive, esas cosas repito a solas mientras veo una lluvia de partículas de neutronios atravesar a los nubarrones, a las parásitas adherida a los árboles, a mi cuerpo y a la tierra; no es una frase feliz, es una querida blasfemia […] Me encuentro, siempre me he encontrado, en la parte baja de una piedra lunar al otro lado de la penúltima eminencia antes de llegar a la cumbre del Naiguatá […] Sin el marco temporal, somos inmemoriales, una raza anterior y desleída».  

Llamarse Israel es convertirse en la cruzada constante por encontrar el lugar prometido: «Creo que hubiese sido difícil responder a otro nombre. Yo le pertenezco. Soy su esclavo. A veces leo el nombre fuera de mí, y siento vértigo». Un vértigo, como quien se atreve a tejer una utopía después de una masacre. Acaso los lobos no pertenecen a la tierra y cantan porque quieren volver a ese lugar del que apenas guardan un recuerdo.

Septiembre 2013

 

La casa embrujada

.

(Para Miguel Gomes)

.

Hace dos noches estaba trabajando en un ensayo sobre un compositor venezolano, rumiando la fecha de entrega, atorada en una imagen que al parecer no servía para nada. En el último intento apenas alcancé a escribir que «la música es la primera historia de los tiempos que nos heredan en la forma de una canción de cuna, aferrados al pecho de una madre, donde carne, inocencia y angustia promueven el primer discurso de la pasión». Pero estaba cansada y dejé la cosa hasta ahí. Entonces dando pasos en falso en YouTube, encontré la pieza que he colgado más arriba y que necesito que oigan para que puedan formar parte de este relato. Se trata, ni más ni menos, de una canción de cuna que aparece en el disco Maria T, del Balanescu Quartet, en el que rinden tributo a la legendaria cantante y actriz rumana, Maria Tanase (1913-1963).

.

Tuve la oscurecida sensación de que no era una canción para dormir a nadie, sino para rogarle que no desapareciera. Pensé que era cosa de rumanos, de una lengua romance, de un país profundamente supersticioso. Pensé en los vestigios comunistas, en todos los siglos que el hombre acumula en el nombre feroz de la barbarie.

.

Pensé que era una canción de cuna para un fantasma.

.

En el almuerzo del día siguiente, mi papá y yo nos metimos en ese túnel que solemos visitar: el pasado. Y ya no recuerdo por qué, empezamos a hablar sobre la casa, nuestra casa, la número 82 de la calle. Ahí, frente al amplio ventanal de la escalera que esparce la luz sobre el comedor, asistí a un descubrimiento que me alcanzó después de veintiséis años:

―Ya sabes que esta casa se construyó en un terreno de tu abuela. Yo se lo compré, apenas pude. Así que aquí vivía tu mamá: ella estaba tendiendo ropa la primera vez que la vi, flacucha, con la cara brava. Aquí estaba una casa mínima llena de niños apretujados y cholúos. Todos éramos tan pobres. Mucha gente entraba y salía y era un poco terrible, desmasiado terrible, ese descontrol, esas vigilancias ausentes. Una vez le pregunté quién era ese hombre que se sentaba callado en el porche a beberse una cerveza. Tu mamá no sabía, pero sospechaba que era el papá de Rubén, su hermanito muerto, el que se cayó del caballo en Río Chico. Esto, Enza, era muy feo. El cerro llegaba hasta la cocina, mira, mira hasta dónde, y el agua caía y se empozaba donde ahora tenemos el jardín, era casi una quebrada. Cuando vinieron los obreros a sacar la tierra, encontraron unos frascos de brujería, muchos huesos de perro, y el martillo ese que anda por ahí. Sí, ese martillo lo sacamos de la tierra, no sé por qué nunca pude botarlo.

.

Mientras mi papá hablaba, en mi cabeza estalló la canción de cuna de los Balanescu.  

―¿Te das cuenta? ―interrumpí apenas con un hilo de voz ya desgastado―. Construiste la casa sobre la vida de mi mamá. Eso es como levantar un palacio sobre un cementerio indio. Eso no es muy bueno. Es muy complicado, como la mayoría de las cosas que nos pasan. ¿Cómo sabes que no quedó ninguna cosa muerta allá abajo? O viva. ¿Cómo sabemos que no hay otras cosas vivas debajo de la casa?

.

Pero yo no estaba hablando de esos fantasmas comerciales de sábana blanca. Ni Enzo ni yo creemos en esas cosas. En cambio, sabemos que la carne se aterroriza, que la gente olvida poco, que uno es una máquina de contarse millones de veces la aparición de la jovencita flaca y triste que fue mi madre en la casa del terror. Porque somos la casa de carne de un fantasma en potencia; vivimos con un muerto encima, el que seremos.

Recordé que los rumanos son muy supersticiosos y fui a buscar la canción de cuna.

―Tienes que oír esto, por favor. Los rumanos se parecen a nosotros en que son dueños de una lengua romance y en el apego a sus muertos. ¿Estarás de acuerdo conmigo en que esa canción de cuna le queda bien a lo que me estás contando?

―Sí. Porque no me hace sentir bien. Me recuerda cuando corría asustado por el monte. Estaba tan solo. Los bosques se parecen en todas partes del mundo, sobre todo si uno está asustado. ¿Sabes qué asusta a los niños? La soledad absoluta. Tu canción de cuna me pone muy triste porque me recuerda que en un tiempo no hubo nadie. Enza, a mí nunca me cantaron nada.

.

Hablamos de Nicolae Ceausescu. Hablamos de Lucian Blaga.

―El comunismo, es eso. Nos estamos pareciendo a gente que siempre vimos desde la distancia y la indiferencia. Locura es que algo te arranque tanta risa y tanto miedo.

.

Ahora sé que nos morimos varias veces en la vida. Y cantamos porque es necesario resucitar ese tiempo sobre la tierra que nos fue encomendada, una y otra vez, una y otra vez. Nuestra canción de cuna es una forma de rezar por todo lo que no podemos echar al olvido.  

.

.

PS. Mencioné a Maria Tanase y de inmediato vinieron a mi encuentro Chavela Vargas, Fairouz, Amália Rodrigues… Grandes mujeres, reinas de todo y de nada. 

Una pregunta que no cabe en 140

Desde ayer he leído a varias damas compungidas por la pura indignación a propósito del videíto de Shakira con Rihanna. Eso me ha llevado a preguntarme si a veces no son precisamente las mujeres quienes necesitan censurar (es decir, dominar y reprimir) a otras mujeres porque les resulta ofensivo y amenazante que sean otras quienes expresen los alcances de la sexualidad. Me pregunto si este es un nuevo caso de machismo perpetrado por una serie de totonas envidiosas que en el fondo mueren de furia por no ser ellas las que alborotan a los falos del mundo.

Ya. Eso era todo.