"She came like one of her drawings about the world of fishes, or perhaps about the world of animals. She lives with animals. Certain animals. She knows their secrets, which are not secrets to them, but secrets from us. I doubt whether she chose the animals she lives with; they, I guess, chose her. Which would be normal, for it is they who live in her. Inhabit her. They were sitting invisibly inside her at the table."

A Woman and a Man Standing by a Plum Tree. John Berger

26+1

Llegó la hora de ponerme ceremoniosa
porque voy a cumplir años
reconocer por ejemplo
que no me regalarán un perro
ni tampoco un iPod
tiempo de hacer preguntas
que no me hice a tiempo:
oye Enza
por qué un diente de león
se deshace en añicos
al primer viento
por qué no corres más rápido
cuando pasa el heladero
por qué elegiste marzo
por qué
dejaste de amar
despacio
aquella ardua futilidad 
con nombre de arcángel 

cumplirás veintisiete
y ya gastaste el show del suicidio
diez años antes

dormiré ceremoniosa
mientra dibujo todo animal
que no me corresponde.

23:11

Dios no me hizo para dibujar gatos
ni para amar lento

olvidó aclarar en qué idioma
debíamos odiarnos

Dios me dio a Eliot y a Montejo
el mito de mi propia caverna
memoria, ermitaño, vocálica

Dios me preocupa
se aparece en mi cuerpo
y me desaloja.

Partir o The Wolf In The Rhy

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«En La Casa del Dragón se daban cita los personajes de un drama insignificante», dice Israel Centeno en una de sus novelas. Vivimos en esa casa, me temo, insistiendo en la grandilocuencia inútil de proporcionarle un nombre: decimos patria, mártir, venceremos. Somos un rastro de polvo sobre un alfabeto umbrío que araña sus astucias pasadas, siempre pasadas. La filosofía que nos queda es la del arqueólogo, pesquisas de mausoleo. Esta obra narrativa será indispensable para adivinar la perversidad de, al menos, estos últimos dos siglos. No tanto por su amplitud de tópicos sino porque, a fin de cuentas, no es mucho lo que ha cambiado.

Centeno aparece en 1992 con una novela profética, distinguida con el Premio CONAC de Narrativa: Calletania retrató la ideología del corrupto mesiánico o el festín del hombre nuevo, eyaculador demagógico. Fue el canto chirrido, sellado con atávicas especias, de la carne sobre la brasa, de la hembra desprovista pero siempre allanada. Quien escribe estas líneas, desde los barrotes de su casa apenas burguesa, vio esta historia antes de que el libro llegara a sus manos: Calletania es la crónica del universo barrio, sangre y una larga fila de vírgenes en la espera del caballero que las cruce y les otorgue una mácula. Ese no era mi mundo, no conocí el hacinamiento, pero también quise huir, como quien se lava la herencia con agua y jabón.

Centeno sabe que el exilio es parte de su jugada. Lo supo desde la primera vez que se escondió en el cesto de ropa: «Tenía siete u ocho años y me metí engolosinado con un libro de Stevenson: La isla del tesoro. Estaba engolosinado porque me habían regalado la biblioteca juvenil Gloriel». Y luego se marchó de la ciudad donde fue hombre por casi cincuenta años: «Acá en Pittsburgh, luego de haberme ido con visa de turista, se fue tramitando mi residencia por habilidades especiales. Luego de una visita a Barcelona, me puse en contacto con City Of Asylum Pittsburgh. Me solicitaron sustentar mi condición de exclusión como escritor en mi país, y lo hice con todo el expediente que tenía ya introducido desde los golpes, persecuciones y amenazas desde la edición de El Complot, y con todo el epistolario recibido por mis amenazadores, todo refrendado por las denuncias que hice, por ejemplo, ante Cofavic. Acá me dieron una residencia como escritor en situación de exilio, o sea, fui el escritor en residencia de City Of Asylum Pittsburgh por dos años. Aunque han pasado los dos años, he mantenido los vínculos con la organización: escribo artículos para su revista, Sampsonia Way; participo en sus lecturas, ya son tres años en el Jazz Poetry festival. Y ahora, he comenzado a dar workshop, charlas y conferencias en Universidades. Acabo de culminar una residencia en Cornell University e Ithaca City, y voy a una residencia en Lafayette College en unos días. Ahora tengo visa de residencia permanente en USA. Mi visa no es de asilo pero me he declarado en situación de exilio. Exilio político, entre otras cosas».

Pero el lobo en su trono (oxidado) no puede deshacerse del electrocardiograma de la tierra que lo maldijo y lo empujó al mundo: tierra madre inocente, tierra padre sin rostro, tierra mar abierto, cráneos, edictos, pisadas. Los aullidos de estos personajes relatan órganos y viejos resabios: la pornografía es la poética de un mapa emocional, el tótem cánido que sirve como catalizador de los intentos, siempre intentos, de criaturas sin mensaje y sin destinatario. La Casa del Dragón (Alfadil, 2004), el volumen de cuentos góticos Criaturas de la Noche (Punto de lectura, 2006), y Bajo las hojas (Alfaguara, 2010) –novela finalista del Premio Planeta– forman una trinidad especialmente representativa de mi hábito como lectora de Centeno: ruido, ruido espiritualizado, siempre ruido en busca de un discurso.

Una vez Centeno me habló de cierto pasaje mahleriano, un solo de violín (que además aparece en su cuento «La casa»). Más tarde en esa misma conversación, Centeno hablaría de Paula C. De pronto sentí que había dado con una de las claves de su universo narrativo: esta propensión judía a lo tribal, a los cuentos de gólems y dibuks, parecía, en él, copular armoniosamente con la salsa, esa protesta filosófica propia del bajo vientre. El posromanticismo de principios del siglo XX alcanza una cumbre en el ruido buscando espíritu y en el cuerpo de la mujer que se fue. Que se fue y que habla: «Soy un papel blanco que no se llena de historias, las historias vienen a mí y el papel sigue en blanco, soy liviana, soy la hoja, esa carrera, el hastío, ¿de qué se me acusa? Una mujer debe soltar su mirada al mundo y romper todos los corazones que desee», dice una de las voces afantasmadas que atraviesa Bajo las hojas. Acaso la historia de la literatura se resume en un catálogo de síntomas que apenas piden ser enumerados.  

Palabras claves: bruja, hembra, amarilla, niebla, derviche, girasol, perico, semen, Ramos Sucre, incesto, colmillo, cerro, clítoris, Knoche. Los cuentos y las novelas de Centeno recrean un equilibrio mórbido y escurridizo entre anécdota y lírica, no apto para lectores que exigen comodidades. Sus novelas de universos superpuestos y de géneros licuados, se disputan la atención con los cuentos que homenajean una tradición personal de referentes, de igual manera, en el marco de una verbalización que va de la insolencia a la consonancia hiperbólica. ¿Se desdobla el narrador para cada forma?  «Antes lo tenía claro. Una cuestión de respiración. Respiración corta, verticalidad. Sabes, estructuras, no más de tres personajes, limitar los entramados temporales. Parece una receta útil cuando estás aprendiendo a escribir las primeras cosas. Luego todo va a depender de lo que quieras hacer mientras narras. Cómo vas a bailar o a cantar la historia, ¿la dibujarás jazzeando? Esas cosas. Una vez dentro de esto, usas los géneros. Enlazas cuentos en una novela o dibujas una novela en un cuento: «El jardín de los senderos que se bifurcan» o «Los inmortales». Y si escribes poesía, ¿cuánta unidad de contenido le impones a las formas? A veces deseas como resultado final de una gran novela, la epifanía. La revelación poética. Digo todo esto porque podría recurrir a las fórmulas aceptadas por la ortopedia sobre lo que delimita o desdibuja a cada género», acota el padre de dos, el hijo de Norma.

 Cada lector tiene bajo la manga el cuento que presiente como el más bello y triste del mundo (para usar una expresión de la profesora Violeta Rojo). La musicalidad tribal y el verbo que fustiga le permitieron a Centeno componer uno de los relatos fundamentales para ensayar la existencia de Caracas. «El velo», de Criaturas de la noche, es el espacio interpretado (como si se pudiera), la ciudad desde la cumbre y la caída, que recuenta la historia del hombre, sus ritos sacrificiales, encomienda y eyaculación, gracias a una breve postal sobre el ascenso del protagonista narrador que presagia a la perra amarilla, arrastrando por la montaña la dificultad de elaborar un testimonio definitivo sobre sí y la ciudad impenitente: «Una verdad no se impone ni se predica, una verdad se vive, esas cosas repito a solas mientras veo una lluvia de partículas de neutronios atravesar a los nubarrones, a las parásitas adherida a los árboles, a mi cuerpo y a la tierra; no es una frase feliz, es una querida blasfemia […] Me encuentro, siempre me he encontrado, en la parte baja de una piedra lunar al otro lado de la penúltima eminencia antes de llegar a la cumbre del Naiguatá […] Sin el marco temporal, somos inmemoriales, una raza anterior y desleída».  

Llamarse Israel es convertirse en la cruzada constante por encontrar el lugar prometido: «Creo que hubiese sido difícil responder a otro nombre. Yo le pertenezco. Soy su esclavo. A veces leo el nombre fuera de mí, y siento vértigo». Un vértigo, como quien se atreve a tejer una utopía después de una masacre. Acaso los lobos no pertenecen a la tierra y cantan porque quieren volver a ese lugar del que apenas guardan un recuerdo.

Septiembre 2013

 

Dedicado al que se ofendió porque «ofendí» a Capriles

Hace rato tuiteé lo siguiente, en orden: 

1. No estoy cómoda con algunas cosas de Capriles desde hace meses. Pero cada vez que leo a alguien dudando de su hombría, me pregunto ——>

2. ¿Usted quiere a Capriles para que dirija al país o para que se lo coja y le monte un muchacho?

3. Creo que la desconfianza que nos genera el líder elegido no se argumenta mejor poniéndolo de marico. Qué ladilla hablar así todo el tiempo.

4. Dicho esto, el que me venga a reclamar que estoy insultando a Henrique porque digo que desconfío de él, bueno, ok, ¡ja!

5. Tampoco confío en Leopoldo, ni en María Corina, ni en Ledezma, ni en Aveledo, ni en Dios, ni en Aristóteles. Ni siquiera en mí.

6. (Apenas estoy tratando de seguir creyendo en las palabras)

OBVIAMENTE todo eso no cabía en un solo tuit y el daño colateral es que cada quien retuiteó lo que le convino y algunos se molestaron y se ofendieron según la interpretación de turno. 

Nada. Solo para aclarar que me quejaba en este caso, simplemente, de la propensión a señalar una disconformidad con el otro a punta de insultos. Como dije, no estoy de acuerdo con algunos elementos de la actuación de Capriles desde hace algunos meses, pero esto de llamarlo marico a cada rato, de señalar una falta de bolas, me tiene harta. ¿Qué relación guarda una cosa con la otra? Sí, podríamos decir que no se debe tomar el asunto literalmente, pero es que las palabras no son gratuitas, y en el lenguaje también se repiten las conductas que nos llevan a establecer bandos inútiles: aquí los fuertes, allá los débiles; aquí los machos, allá los maricos. O sea, pura discriminación. 

Además, me cuesta mucho defender una supuesta hombría en un país donde contamos con una paternidad irresponsable para exportar. 

Y es más de lo mismo: no solo basta con el horror en las calles, no solo basta con el régimen sacando sus verdaderas espuelas. También hay que digerir la intolerancia de los opositores entre ellos mismos. 

Parece que el nuevo pecado, además de oponerse al régimen, es no amar u odiar encarecidamente al héroe opositor de turno. Parece que de lado y lado es necesario recordar el concepto de libertad de expresión y no confundir eso con una oportunidad para sacar al sol nuestro ánimo discriminatorio.  

Estas líneas también quieren decir que hay miedo parejo y que todo lo que digamos puede ser usado en nuestra contra en vista de su inutilidad. 

Brodsky y los clientes

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Primero, gracias a quienes compartieron la foto y expresaron su interés por repetir el gesto. Gracias especialmente a quienes desde sus posibilidades han unido esfuerzos para extender información y herramientas que nos ayuden a enfrentar estos días: a los psicólogos, comunicadores, abogados, activistas, amas de casa, y hasta menores de edad, que no han pactado con la indiferencia. No se trata de resolver todo mágicamente en tres minutos, sino de aprovechar lo que somos. Anoche leí que residentes del Municipio Chacao abrieron sus puertas para resguardar a los manifestantes. Eso, en un país donde ya nadie confía en nadie, donde la inseguridad y la impunidad trabajan las veinticuatro horas, habla de que no hemos perdido la empatía.
Ahora les cuento lo siguiente: esta mañana llegó al negocio un cliente que desde hace tiempo se ha mostrado incómodo porque no militamos en el partido oficial. Al leer la frase de Brodsky le dijo a mi mamá que hasta cuándo seguiríamos metiéndonos en política y que estábamos igual a otro negocio de la calle donde lo único que se hacía era meter chismes (?). Mi madre quedó impávida frente al tono y al contenido. Otro cliente oyó el reclamo de Pedro y le exigió respeto para la dama y que recordara que el negocio es propiedad de esta familia y que teníamos absoluto derecho a compartir el contenido que quisiéramos. Pedro abandonó el lugar, mascullando maldiciones. Dos horas después llegó Elena, una de las tantas señoras de la cuadra que se dedican a lavar y a plachar, y después de leer en voz alta con cierta dificultad la cita de Brodsky, empezó a llorar diciéndole a mi madre que eso era cierto y que ya no sabía cómo enfrentarlo.
Con estos dos incidentes continuaré el día de hoy.
Hay mucho por hacer, y no solo en los tiempos de crisis. Creo que es pertinente buscar el asesoramiento de los expertos en diversas áreas. Pero no te subestimes a ti mismo. Mira a tu alrededor e identifica quién necesita algo. Un llanto compartido, prestar tu señal de Internet, ayudar a que alguien se abra una cuenta de Twitter o simplemente echarle el cuento de todo lo que viste (y verificaste), puede hacer una diferencia.

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La mordida de la represión y la censura nos señala. 

La casa embrujada

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(Para Miguel Gomes)

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Hace dos noches estaba trabajando en un ensayo sobre un compositor venezolano, rumiando la fecha de entrega, atorada en una imagen que al parecer no servía para nada. En el último intento apenas alcancé a escribir que «la música es la primera historia de los tiempos que nos heredan en la forma de una canción de cuna, aferrados al pecho de una madre, donde carne, inocencia y angustia promueven el primer discurso de la pasión». Pero estaba cansada y dejé la cosa hasta ahí. Entonces dando pasos en falso en YouTube, encontré la pieza que he colgado más arriba y que necesito que oigan para que puedan formar parte de este relato. Se trata, ni más ni menos, de una canción de cuna que aparece en el disco Maria T, del Balanescu Quartet, en el que rinden tributo a la legendaria cantante y actriz rumana, Maria Tanase (1913-1963).

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Tuve la oscurecida sensación de que no era una canción para dormir a nadie, sino para rogarle que no desapareciera. Pensé que era cosa de rumanos, de una lengua romance, de un país profundamente supersticioso. Pensé en los vestigios comunistas, en todos los siglos que el hombre acumula en el nombre feroz de la barbarie.

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Pensé que era una canción de cuna para un fantasma.

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En el almuerzo del día siguiente, mi papá y yo nos metimos en ese túnel que solemos visitar: el pasado. Y ya no recuerdo por qué, empezamos a hablar sobre la casa, nuestra casa, la número 82 de la calle. Ahí, frente al amplio ventanal de la escalera que esparce la luz sobre el comedor, asistí a un descubrimiento que me alcanzó después de veintiséis años:

―Ya sabes que esta casa se construyó en un terreno de tu abuela. Yo se lo compré, apenas pude. Así que aquí vivía tu mamá: ella estaba tendiendo ropa la primera vez que la vi, flacucha, con la cara brava. Aquí estaba una casa mínima llena de niños apretujados y cholúos. Todos éramos tan pobres. Mucha gente entraba y salía y era un poco terrible, desmasiado terrible, ese descontrol, esas vigilancias ausentes. Una vez le pregunté quién era ese hombre que se sentaba callado en el porche a beberse una cerveza. Tu mamá no sabía, pero sospechaba que era el papá de Rubén, su hermanito muerto, el que se cayó del caballo en Río Chico. Esto, Enza, era muy feo. El cerro llegaba hasta la cocina, mira, mira hasta dónde, y el agua caía y se empozaba donde ahora tenemos el jardín, era casi una quebrada. Cuando vinieron los obreros a sacar la tierra, encontraron unos frascos de brujería, muchos huesos de perro, y el martillo ese que anda por ahí. Sí, ese martillo lo sacamos de la tierra, no sé por qué nunca pude botarlo.

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Mientras mi papá hablaba, en mi cabeza estalló la canción de cuna de los Balanescu.  

―¿Te das cuenta? ―interrumpí apenas con un hilo de voz ya desgastado―. Construiste la casa sobre la vida de mi mamá. Eso es como levantar un palacio sobre un cementerio indio. Eso no es muy bueno. Es muy complicado, como la mayoría de las cosas que nos pasan. ¿Cómo sabes que no quedó ninguna cosa muerta allá abajo? O viva. ¿Cómo sabemos que no hay otras cosas vivas debajo de la casa?

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Pero yo no estaba hablando de esos fantasmas comerciales de sábana blanca. Ni Enzo ni yo creemos en esas cosas. En cambio, sabemos que la carne se aterroriza, que la gente olvida poco, que uno es una máquina de contarse millones de veces la aparición de la jovencita flaca y triste que fue mi madre en la casa del terror. Porque somos la casa de carne de un fantasma en potencia; vivimos con un muerto encima, el que seremos.

Recordé que los rumanos son muy supersticiosos y fui a buscar la canción de cuna.

―Tienes que oír esto, por favor. Los rumanos se parecen a nosotros en que son dueños de una lengua romance y en el apego a sus muertos. ¿Estarás de acuerdo conmigo en que esa canción de cuna le queda bien a lo que me estás contando?

―Sí. Porque no me hace sentir bien. Me recuerda cuando corría asustado por el monte. Estaba tan solo. Los bosques se parecen en todas partes del mundo, sobre todo si uno está asustado. ¿Sabes qué asusta a los niños? La soledad absoluta. Tu canción de cuna me pone muy triste porque me recuerda que en un tiempo no hubo nadie. Enza, a mí nunca me cantaron nada.

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Hablamos de Nicolae Ceausescu. Hablamos de Lucian Blaga.

―El comunismo, es eso. Nos estamos pareciendo a gente que siempre vimos desde la distancia y la indiferencia. Locura es que algo te arranque tanta risa y tanto miedo.

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Ahora sé que nos morimos varias veces en la vida. Y cantamos porque es necesario resucitar ese tiempo sobre la tierra que nos fue encomendada, una y otra vez, una y otra vez. Nuestra canción de cuna es una forma de rezar por todo lo que no podemos echar al olvido.  

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PS. Mencioné a Maria Tanase y de inmediato vinieron a mi encuentro Chavela Vargas, Fairouz, Amália Rodrigues… Grandes mujeres, reinas de todo y de nada. 

Una pregunta que no cabe en 140

Desde ayer he leído a varias damas compungidas por la pura indignación a propósito del videíto de Shakira con Rihanna. Eso me ha llevado a preguntarme si a veces no son precisamente las mujeres quienes necesitan censurar (es decir, dominar y reprimir) a otras mujeres porque les resulta ofensivo y amenazante que sean otras quienes expresen los alcances de la sexualidad. Me pregunto si este es un nuevo caso de machismo perpetrado por una serie de totonas envidiosas que en el fondo mueren de furia por no ser ellas las que alborotan a los falos del mundo.

Ya. Eso era todo. 

El país vs. Mansfield

(Para Violeta Rojo)

A menudo me preguntan por qué la mayoría de mis cuentos relatan la vida de personajes extranjeros. Surge la interrogante de por qué el protagonista de «Plegarias para un zorro» es un niño de diez años nacido en Caracas, de padre británico y madre libanesa. Y la pregunta viene acompañada de la exigencia de que como escritora venezolana debería ocuparme de asuntos más criollos. Nada de abedules ni de señores irlandeses.

Voy entendiendo que algunos lectores se sienten incómodos con lo que suponemos no es propio y me temo que eso es una consecuencia del horror con que nos soportamos: porque nos pesa reconocer que poseernos con toda nuestra carga cultural no siempre nos llena de orgullo. No responder a un nacionalismo vigoroso o al menos a una zona neutral nos predispone a la sospecha: ¿Me amo? ¿Me odio? ¿Quién soy? ¿Era necesario que el niño del cuento fuera así? No, me parece que no, salvo que era necesario porque a mí me dio la gana. ¿Es necesario que un autor se ocupe de eso que los demás piensan de su obra? No. Pero también creo que sí, si entendemos que publicar trae la consecuencia de recibir una respuesta. Sería muy ridículo, por supuesto, si uno relinchara cada vez que un lector opina algo (a favor o en contra) sobre lo que escribimos pero también sería mentira si dijéramos que dichas opiniones no son capaces de generar una respuesta reflexiva.  

Me gusta contar cuentos sobre cosas que no se parecen y que al final, ni más ni menos, estaban destinadas a parecerse (es decir, a aparecerse mutuamente). Siempre me ha obsesionado el proceso mediante el cual este país inquietante se ha convertido en lo que es, y este producto que somos, ya se sabe, se lo debemos al bojote de gente que colonizó, asesinó, y se reprodujo con el sabor local en el escenario de esta perla del caribe hace ya unos cuantos siglos. Y luego a los seres que a mediados del siglo XX eligieron este destino para que años después sus vástagos se vieran huyendo en cambote.

He vivido mis casi veintisiete años soportando y anotando muestras de racismo e intolerancia entre un bando y otro (en este caso me refiero a criollos e importados), juzgándonos a la ligera y construyendo una serie de prejuicios recíprocos.

Aquí vienen los ejemplos: tengo varios amigos árabes que son como mi familia, pero también conozco a varias personas que padecieron la tragedia de ser rechazados por familias árabes, portuguesas o chinas, una vez que intentaron una relación con algunos de sus miembros. En otra ocasión asistí a un festival de danzas entre los clubes europeos de Caracas y pasé la noche anotando en mi libreta mental todas y cada una de las muestras de orgullo nacionalista, acompañadas asimismo por venezolanadas como intentar colearse, tirar vasos, sonsacar al novio de la otra o buscar pelea, cosas que según me han dicho, se cuentan entre los rasgos que los extranjeros (o descendientes inmediatos de extranjeros) odian de nosotros. Así, ni más ni menos, me obsesiona cómo los otros nos sirven para negar cosas de nosotros mismos frente a nosotros mismos. La otra cara de la moneda aparece cuando los que se llaman verdaderos hijos de la patria desprecian a los venezolanos de apellidos raros (pongamos por ejemplo a un Simonovis o a un Radonsky), convirtiéndolos en paradigmas de la clase racista, burguesa y diabólica que aplastó al país durante cuarenta años. O, por el contrario, tenemos a quienes idealizan al hijo del extranjero como símbolo de la salvación y del estilo de vida digno de imitar, porque mija, búsquese un marido italiano o turco, mire que esos bichos tienen plata.

Sí, una vez alguien me felicitó por tener (en aquellos tiempos) un novio con pasaporte español.

Supongo que no importa de dónde vengan nuestros padres o abuelos, si son franceses o kariñas, lo cierto es que este pedazo de tierra nos vuela los tapones.

Volvamos a Shadiya Mansfield, el niño protagonista de «Plegarias para un zorro». Hace algunas horas un lector me dijo después de leer el cuento que desde el principio supo lo que iba a pasar. Y terminé preguntándome si el niño también lo sabía, el niño más allá de mi ejercicio de contar el cuento. Para mi horror presentí que él sabía que su destino era morirse y que tal vez, en cierto modo, Shadiya se había suicidado: esto me lastimó hondamente, porque además me reveló un desdoblamiento extraño, en que el cuento narrado es, sobre todo, un cuento que yo me narro a mí misma y del que todavía, a estas horas, recibo secretos develados. Algunos me han dicho que no es más que un cuento japonés y otros que es cuento sobre el exilio. Pensando ahora que también es cuento sobre matarse, comprendo lo evidente, que uno no se mata de golpe. El suicidio es una idea que se toma un tiempo antes de cuajar en el corazón. Y era como si el niño de mi cuento hubiese logrado lo que yo no pude. Creo, desde este momento, que Shadiya Mansfield no quería recordar de dónde venía, que se fue corriendo detrás de esa muerte preciosa y chiquita encarnada en la criatura cuyo nombre ya no quiero mencionar. Puede que sea un gesto absolutamente inapropiado que un escritor ande explicando por ahí de qué cree que va su cuento. No es mi intención. Pero resulta que estoy inhabilitada para callarme cuando algo me asombra.

Uno cree que es dueño del cuento porque lo escribe y resulta que el cuento se comporta como un animal con vida privada. Resulta que siempre queda algo por leer entre sus líneas. El narrador se acostumbra a su poder fecundador y por un momento se atreve a olvidar que a veces no es más que otro oyente de la hoguera atávica frente a la que alguien contó el primer relato. Perdonen que me ponga esotérica y arqueológica.  

¿Qué hace la literatura? Últimamente necesito recordarle a todo el mundo que la literatura no salva. Entonces me descubro explicándome que acaso la vida se compone de pequeñas lealtades estériles, como cuando sale el sol por el mismo lugar o se mueren las cigarras y vuelven a nacer, y uno sigue solo mirando el techo, preocupado por la próxima devaluación o por el tipo que no te quiere. Quizás el acto de contar, que siempre haya algo que contar, obedece a esa ley de lealtades sordas, de plegarias que nadie responde. No nos salva, pero nos mantiene atentos, que no es poca cosa. Claro, no todo el mundo echa cuentos estrictamente literarios que se publican en un libro, pero ¿habrá algo más literario que un padre o una abuela ordenando su propia memoria frente al público de sus seres amados? El amor, entre humanos que tanto se odian, necesita permanentemente de ese impulso relator (¡delator!) que engendra personajes y con suerte, personas. 

PS. Sobre el dibujo que acompaña esta nota: sí, se trata de Shadiya Mansfield y de Kitsune. Los dibujé esta mañana. 

Sobre uno y la música de los otros

Ayer recordaba aquella vez hilarante cuando en una reunión entre amigos, un oficialista me acusó de obedecer a los intereses conservadores y burgueses encarnados en el estudio de la música académica, sobre todo porque yo ni siquiera soy músico, suponiendo además que ignoraba la existencia de cualquier movimiento popular y autóctono en el vasto continente que habitamos. Mi respuesta fue preguntarle si conocía la Cantata criolla del maestro Antonio Estévez.

Su respuesta fue que no.

―Pero al menos te sabes Florentino y el Diablo.

―Tampoco.

―¿Has oído a Argenis Sánchez?

―No.

―¿El Joropo de Moisés Moleiro?

―No.

―¿Tienes algo de Simón Díaz en el iPod ese que cargas ahí?

―Ehhh, no.

Ahí murió la discusión. El resto de la velada recibí miradas asesinas.

Por cierto, no tengo un iPod porque nunca he podido comprarme uno. Cada vez que lo he intentado, se traviesa alguna otra necesidad inquietante. Ahora termino de escribir la frase anterior, y alguien me confirma que aquel chamo combatiente se fue del país a finales del año pasado.

Ya dije que todo es hilarante, ¿no?

Me interesa esta necesidad humana de generar bandos. Si algo nos ha vendido este proceso revolucionario es la urgencia por convertir cada uno de nuestros gestos en una declaración de principios. Mientras algunos se ufanan en su chovinismo de pacotilla, incluso ignorando elementos fundamentales del espíritu cultural del terruño, otros, por su parte, se sienten en la obligación de rechazar lo que nos han obligado a consumir en contra de todo lo foráneo: mientras un chavista se arranca las vestiduras por una música que de pronto ni siquiera oye, pero que es muy nuestra, un opositor se siente a salvo cuando insulta al joropo, a la gaita zuliana o a los tambores de la costa. Pero entre unos y otros, surgen grises igual de hilarantes:

Está la gente que asiste a los conciertos de música académica pero que no se calla durante la presentación. Tampoco apaga el celular y no siente ni el más mínimo interés por lo que oye ni por lo que dice el programa. Lo he contado millones de veces, así que vuelvo y repito:

―Señora, ¿esta es la cola de las entradas para Mahler?

―No, es la cola para Dudamel.

Adivinen qué iba a dirigir Dudamel.

Esas personas suben una foto a Instagram cuando asisten a los  conciertos.

Luego sigue el grupo de quienes cada cinco minutos acotan que no sienten ningún interés por la música culta porque ellos no se la tiran de intensos, porque no les interesa presumir, porque prefieren cosas más populares, como la salsa o el rock argentino. Curiosamente, de este tipo de personas hay en los dos extremos políticos reinantes: gente que traza ella misma el nivel de orgullosa inferioridad con respecto a un enemigo intelectual. Gente, que por algún motivo, necesita de antemano defenderse de una afrenta. Creo que mucho se ha dicho ya sobre el espíritu de aquellos que desprecian toda forma de mérito y de esfuerzo.

Y está la gente a la que solo le importa la música académica y sus alrededores, gente que se ufana de ignorar que existe el vallenato o el pop británico, gente que primero muerta antes que reconocer que se sabe al menos una canción de Vicente Fernández, gente muy exquisita que necesita recordarle a todo el mundo lo mucho que ha estudiado la historia de la ópera o del jazz en todas sus vertientes. Gente que se alegró mucho cuando falleció Diomedes Díaz porque así quedaba menos miseria y chabacanería en el mundo.

Traigo este recuento de posibilidades porque me temo que en todas brilla un denominador común: la confirmación de la personalidad en consecuencia de la relación con los otros: soy mejor que tú o no me importa si crees que soy menos que tú. No nos interesa oír la Cantata Criolla pero nos interesa que nos compren el discurso de que no tenemos nada que buscar en los valses vieneses. No nos interesa oír a Mahler pero nos importa que nos vean en un concierto de Dudamel. No nos interesa Mahler ni Dudamel pero quiero que el otro sepa que soy muy feliz oyendo salsa o merengue. Nos interesa mucho lo que amamos pero quizás no tanto como que los otros sepan que lo que aman no es tan importante.

Sí, estamos locos. Todo ese mundo más allá de nosotros mismos nos excita y nos duele, nos arrincona y nos maldice, nos quita el aire y nos pide explicaciones que en el fondo nadie nos ha pedido. Somos una maldita máquina de odios mutuos. 

¿En cuál categoría me ubico yo? Espero que por mi bien, en ninguna, pero por si acaso, no cantaré victoria por mi supuesta superioridad moral. La intolerancia explota en los momentos más inesperados y convivir con los otros es un oficio para el que no existe una preparación previa, solo una práctica constante y brutal, cuyas explicaciones pocas veces nos alcanzan para tantas pasiones en disputa. Suelo quejarme en Twitter de la música de los otros, usualmente del vallenato o del reguetón, porque como a muchos de ustedes, me toca soportar la falta de conciencia ciudadana de quienes comparten su música a todo volumen cada vez que hacen una fiesta. Es verdad, no me gusta el vallenato o la salsa, como tampoco me mata el jazz y también es cierto que ignoro casi todo sobre el rock, pero no tengo nada que decir sobre la gente que disfruta estos géneros. Ni siquiera me importa. Lo que me importa es que cuando oigo a Mahler o a Kayhan Kalhor o a Inocente Carreño, mi vecino tampoco tiene nada que decir porque sencillamente ignora que los estoy oyendo: existen los audífonos (o el volumen moderado) y la convicción de que el espacio de los otros merece respeto. De eso, al menos, sí me permito presumir. En este barrio nadie dirá que lo tuve despierto hasta las cinco de la mañana, metiéndole por las orejas a los compositores del nacionalismo checo.

Y usted, ¿para quién se maquilla? ¿A quién quiere aplastar cuando dice que ama algo? 

Esto no es una cuca: las mujeres y las malas palabras

En la captura de pantalla se aprecian dos prejuicios tristes: que la feminidad consiste en salvarse de malas palabras y que la literatura significa, apenas, un lenguaje aséptico.  

No quiero escribir un texto demasiado largo, contestando al machismo y a la mediocridad literaria del caballero en cuestión. Prefiero invitarlos a que lean (de nuevo) la entrevista a Malala Yousafzai, quien tomó heroicamente para sí la tarea de hacer todo lo posible por los derechos y la educación de las niñas en su país. No quiero contarme como una víctima ni comparar mi incidente con el de la jovencita pakistaní, pero midiendo cada hecho con prudencia, no puedo pasar por alto que muchas veces nos sentimos orgullosos por los logros de Occidente, por las libertades de las que nos ufanamos, y entonces algo nos obliga a mirar de nuevo, una grieta que habla de cuánto debemos superar todavía. No quiero sentirme víctima de esto porque hoy ya bastante me he sentido víctima, en cambio, de quienes nos gobiernan (ajá, otra vez). Pero sí quisiera dejar para el registro personal esta nueva decepción: dicho incidente me hizo pensar en otros de igual calaña. Hace un año cuando aparecí en Globovisón, entrevistada por Aymara Lorenzo, a propósito de mi condición de escritora, algunas mujeres me arengaron por haberme expuesto en pantalla sin maquillaje, sin accesorios y con una indumentaria poco imaginativa; y la frase lapidaria siempre fue «es que serás muy escritora, pero tienes que ponerte bonita, tú sabes cómo es».

Sepan que no me opongo a la belleza planificada y que desprecio tanto a quienes dicen que las mujeres inteligentes son todas feas como a quienes aseguran que las mujeres bellas son todas brutas.

Lo que me impresiona en ambos casos es cómo tenemos ideas profundamente conservadoras y trastocadas sobre las funciones que debe cumplir cada género sexual y cada género artístico: sí, a estas alturas. Y por eso quiero decir otra vez que estoy harta de esta legión de mujeres mirándose de arribabajo, despreciándose y participando en el juego del machismo, como si la vida se redujera a ser demasiado bella o demasiado culta para derrotar a las otras en la caza del macho, de la misma forma en que estoy harta de los hombrecitos que pretenden regañarnos y acaso obtener una disculpa por no cumplir el rol de damisela casta y pura bienhablada que no rompe un plato, que no pide ni da sexo oral y pare usted de contar.

Es mi tema, el de todos los días: la forma en que nos hacemos la vida imposible los unos a los otros. Después de la risa y el asombro frente a situaciones como esta, tan solo me queda el miedo, el mismo de ustedes: por una razón o por otra, es insostenible vivir en este país, es insostenible vivir entre nosotros, porque si no es el vecino con su música a todo volumen, es el conductor que se detiene sobre el rayado peatonal, o la mujer que te mira a ver si vas mal vestida o el señor que te quiere agarrar el culo en el vagón del metro o el que te anuncia el UF en Twitter porque, oh dios mío, le indigna que no seas mujer como a él le gusta y porque además tiene que decírtelo, esperando no sé qué. Siempre el gesto de cobrarle un peaje al prójimo por atreverse a vivir como mejor le parezca.

Tan solo quiero invitarnos a que nos probemos a diario que de verdad no nos merecemos el infierno que nos toca atravesar a cada minuto. 

¿Quieres hablar sobre hoy?

Vengo de Bárbara y del cerro negro encendido
de la enésima india allanada por un padre de la patria
y de unos niños muertos de hambre
(algunos porque la madre
prefirió comprarse un teléfono)

vengo de una prisión putería participio perro portátil
país de mujeres bellas
de la costa Ramos Sucre
y las pantaletas sucias de Vestrini
vengo de Yoraco
que según Wikipedia es zorro y diablo en lengua chaima

y de esos viejos que dicen por Twitter
¡No, no se vayan del país! ¡Quédense y hagan el trabajo!
vengo de todo lo que amo
y ya estaba ido
cuando abrí los ojos y conocí a mi madre

soy muy buena ahogándome
abro la boca y todo me lo trago
porque tengo miedo
es como tener cinco años y dormirse
con Freddy Krueger al lado

tengo odio
me viene la regla bajo un sol que siempre apunta
los oigo persignarse a diario
y no siento nostalgia por nada porque no puedo
yo nací y el daño ya estaba encima
no me acuerdo del campaneo adeco
ni de las calles tranquilas
donde algunos pasearon a sus perros

me pides
que herede la fosa
y la convierta en la fuente de los deseos
pero uno simplemente
no camina hacia Mordor
todos quieren un héroe

erigirunimperiodesdelascenizas


la gran novela nacional, que caigan las greñas de Gustavo
todos quieren seguir pensando
que la poesía rescata
pero

pidieron mano dura hace quince años
cuando yo todavía jugaba con mis legos

si quieren una canción optimista
si quieren que guarde el aullido en un pote de mayonesa
y aplauda
el tuit de Capriles
páguenme primero
intenten explicarme

porque necesito construir un túnel o armar el peñero

necesito un poco de silencio
para ser cuerpo suficiente para mi animal aterrado

debo rezar
para que no me toque velar a quienes me mantienen viva.

Todo el orgullo de lobos derrotados. 

El día que me prohibieron a Tchaikovsky

Pensé que ya había dicho lo que tenía que decir. Pero continúan los comentarios de algunos lectores y estaría mintiendo si dijera que mi negocio con el suicidio termina ahí. Por eso quisiera permitirme algunas precisiones al respecto, antes de que se acabe el año:

Una de las cosas que suceden al despertarse con esa experiencia entre manos es que empieza la tómbola de perspectivas: un día te levantas y te cuentas a ti mismo el episodio, pero no contigo como protagonista: a ver, ¿y si yo, en lugar de tomarme las pastillas, se las hubiera dado a otra persona? ¿Y si hubiera esperado que el Tafil acabara con esa persona? Ahí empecé a repetirme «Enza, eso es asesinato». A veces es necesario un segundo actor para entender los alcances de lo que nos hemos hecho. Imaginen entonces la majadería de tener diecisiete años y andar por ahí pensando que uno es un asesino. Eso cansa. Y lo bueno es que de verdad cansa y nos da por bajarle dos a la acusación infinita. Permítanme otro recuerdo.

Algo que no dije es que reprobé quinto año. Algo insólito, cómo no, para alguien que siempre se portó bien en el colegio y que obtenía buenas calificaciones. Después me contaron que aquello fue el chisme del año en el Miguel Otero Silva. ¿Cómo fue posible? La cosa empezó cuando me dijeron que por ningún motivo iría a Caracas a estudiar Filosofía: el plan de mis padres era que permaneciera en Puerto la Cruz y estudiara Comunicación Social. Eso fue el colmo de una situación que me desesperaba: todas esas burlas y señalamientos porque un día desperté diciendo que me gustaba leer, pintar e ir a conciertos de música académica. Ya he contado en entrevistas y conversaciones públicas que vengo de una familia que nunca participó en tales actividades. Si bien mi papá trató de colaborar comprándome libros o discos, mi mamá se mostró absolutamente indispuesta, y al final los dos coincidieron en que no podía elegir ese camino. Mis padres tampoco entendieron que yo no tuviera aptitudes para ciertas disciplinas. Es decir, siempre fui malísima en Matemática, Física o Química, y ellos no me ofrecieron opciones más allá de los regaños y castigos. Por ejemplo, en noveno grado, cuando reprobé Matemática en el primer corte, mi papá decidió quitarme todos mis discos. Pasé varios meses sin oír música, o sea, nada de Beethoven o Tchaikovsky, hasta que mi hermana mayor me prestó un reproductor que hábilmente escondí en mi cuarto. Ahora me río y puedo pasar días sin oír música, pero en aquel entonces fue muy malo, y lloraba repasando el Concierto para Violín de Tchaikovsky que tanto extrañaba.   

Cuando explotó el chisme y no pude ocultar mis notas finales, empezó lo peor: no me gradué de bachiller y mi papá dejó de hablarme. Ah, claro, sí me hablaba a veces, pero era para insultarme y recordar cuánto lo había decepcionado.

La gente no suele creerme cuando digo todo esto, porque la imagen que tienen de mi papá proviene de mis cuentos en Facebook, de todas las veces que he contado que Enzo es un señor extraordinario: y lo es, damas y caballeros.

Sigo explicándo(me):

Quiero que sepan que cuando uno intenta matarse, pasa un buen rato culpándose de todo y llamándose asesino. Claro, existen tantas experiencias como existen humanos, pero quiero decir que al menos a mí se me quitó la cantaleta. Quiero que seamos optimistas, porque sé que algunos de ustedes, como padres o hijos, se han encontrado en esta situación. La culpa no se irá del todo, pero será un transformador muy útil. Eso te recuerda que es bueno pedir perdón y pedir explicaciones, que obtener respuestas también es dudar y de paso no obtener respuestas satisfactorias pero sí ejercitar la capacidad de elaborar preguntas.

Esto me lleva a mi siguiente punto:

Yo no fui la única que buscó terapia. Mi papá también tuvo que sentarse con el especialista y acordarse de muchas cosas sobre mí, sobre mis hermanas y sobre al matrimonio que llevaba con mi madre. Y es por eso que lo quiero tanto: porque he visto, a través de la última década, cómo aquel padre odioso e intransigente se convirtió en un hombre amoroso y tolerante que decidió renovar el idioma que manejaba con sus tres hijas.  

Por eso quisiera decirles, padres del mundo, que ustedes también pueden cambiar. And indeed there will be time, como dice Eliot. No es tan fácil como enunciarlo, pero supongo que no es un secreto que nada es fácil en la tarea humana. Lo digo yo, que amo quejarme de lo difícil que es todo.  

Y con esto, jóvenes, no los invito a que intenten matarse ni nada por el estilo (además creo que quien tiene la misión de matarse lo hará, ni más ni menos, no importa lo que diga yo en mi blog). Pero sí quisiera que pensáramos en los valores de cada experiencia, por más insólita o angustiante que parezca. Aquel intento fallido adquirió un valor regenerador y casi sagrado: de alguna manera los integrantes de mi familia y yo nos matamos un poco y regresamos con nuevas tareas. Esto no quiere decir, por supuesto, que existan relaciones perfectas ni mucho menos familias perfectas. No, señor. Incluso creo que esas ideas de perfección también tienen la culpa de que las cosas se pudran y no sirvan para nada. Existe lo mucho intentamos por los otros, por la gente que nos importa y por la que seguimos en el ruedo.  

Para los escritores, por lo que he leído y por lo que me pasa, es necesario estar solos. Es verdad. Hay un lugar donde sigo sola y angustiada, donde me sigo culpando, y ese lugar, en buena medida, se relaciona con mi trabajo. Pero vuelvo con el «pero», gracias a Odín y a Guaicaipuro. Recuerdo lo que dice el querido Orhan Pamuk sobre su padre o su hija, pienso en la tierna y monumental Habla, memoria de Nabókov, y me reconforta saber que hay otra parte de nosotros que no permanece encerrada en sí misma.

Y cuando digo nosotros me refiero a ellos y a ustedes. Creo que nunca entenderemos la naturaleza del amor, pero es bueno recordar que se trata de un invento humano. ¿Vieron? Al parecer no somos tan brutos. 

Aleida Arreaza, mamá de Enza García

―Enza, ¿tu mamá falleció?

A menudo respondo esa pregunta y la respuesta es que no. Mi mamá está aquí. Bueno, ahora mismo no, porque salió con mi papá.

Mi mamá y yo nos amamos. Y nos odiamos. Como dos titanes. Y si alguna vez hubo un zorro en esta familia, ese, sin duda, fue ella. Su cabello largo me hace pensar en la cola de un zorro plateado que me atormenta y me protege. Porque nos protege el primer rito, la primera sombra que coronó la tarde, cuando gritamos «por favor, no te mueras». Nos protege perder algún ámbito de la inocencia. Y no sé qué piensen ustedes, pero creo que perder la inocencia a manos de nuestros padres es lo más justo.

Esa fue mi primera vez. Hablé como nadie. Mi mamá estaba en el piso con una crisis nerviosa y yo tenía cinco años y le pedí que no se muriera. Desde ese entonces me apoderé del nudo en la garganta, de un odio que no cabía en mi cuerpo, de los sueños malos, de la brujería del lenguaje: yo me remití a varios silencios por los siglos de los siglos y empecé a anotarlos en cualquier cuaderno, mientras ella crecía como un fantasma, sin ni siquiera haberse muerto.

Mi mamá está enferma. El historial es largo, como los nombres de sus médicos. Siempre hemos sido una bomba de tiempo. Por eso en esta casa hablamos de la muerte. Por eso en esta casa creemos en la lealtad. Mis hermanas y yo nos reunimos en consejo en la cocina o por teléfono y nos contamos las costuras. Y todas, todas estas hembras maduras, algunas con hijos y siempre con ansiedades, nos reunimos alrededor del padre que amamos y de esa mujer dura y extraña. A la que amamos y a la que no entendemos nunca.

Mi mamá y papá vienen de la pobreza. Niños maltratados, solos, niños que aparecen en una novela como chacales juguetones y que siempre supuran en mis cuentos. Mi madre viene de la ley de las mujeres malas, las que fueron heridas en el siglo XX por otras mujeres cuando fingíamos crecer en ese siglo apretado en sus ficciones fracasadas,  guerrillas revolucionarias de pacotilla o cuarenta años de decirle al monte y a la culebra que solo podían servir para eso, mujeres que hieren siempre porque todo lo heredan: porque el mal es infinito. Mi madre fue una princesa a la que nadie rescató: tal vez por eso me obsesiona San Jorge, tal vez. Por eso odio a mi abuela y a todos sus ancestros. Mi madre nunca dejó que me hicieran daño pero a ella se la comieron los dragones. Por eso odio este país, porque su pobreza es mala, como en cualquier parte. La pobreza rompe a los niños. Mis padres son dos niños que caminan por mi casa. Yo los observo desde la cocina y suspiro y me pregunto si mi amor es suficiente. Y veo la televisión y leo los periódicos y desde un palacio maldito nos dicen que los pobres son los elegidos y que ser rico es malo. Pues, yo nunca oí a mis padres decir que la culpa fuera de otro, nunca los vi esperar que un mesías invisible, después de tantos años, los rescatara: tan solo vi que a pesar de la torpeza y la confusión, trataron de darle la espalda a una herencia asquerosa y cruel: nunca fuimos ricos y tuvimos dificultades, pero mi mamá jamás me mando a vender empanadas, nunca me subastó y en cambio me dio juguetes, a pesar de ella misma, a pesar de nunca haber elegido una vida, a pesar de que nadie la amó en aquellos años. La ignorancia no ama. La ignorancia juega lejos de Dios. La casa también vive afuera, tener un país es que tu casa se incendie en varios rincones. Este país tiene tanto a cuestas por lo cual avergonzarse.

Sentirse orgulloso no es gratuito.   

A ella no le gusta que le tomen fotos y yo odio sus cejas dibujadas. Pero a ella le gustan sus cejas. Mis sobrinos y yo a veces decimos que es la bruja del cuento y nos reímos, y otras veces le decimos Olivia porque es flaquita como la Olivia de Popeye, entonces nos amenaza con algo y nos reímos más duro y yo qué sé, esos momentos son tan buenos, ella también se ríe, pero le gusta hacer el papel de bruja. Mi mamá a veces nos hace la cena. Y nos reímos de nuevo, aunque ella se siente en otro lado o se largue a fumar. Ella tiene costumbres raras. Siempre tose, fuma, siempre tose, toma pastillas, siempre tose, fue al psiquiatra, a veces se ríe y nos cuenta un chisme, y siempre corre cuando algo nos pasa, corre al hospital cuando hospitalizan a mis hermanas o a sus hijos, y una vez casi se agarra a golpes con una vieja casera mía que quiso ofenderme porque decidí mudarme. Es difícil tener una madre, dios mío. Porque las madres no son santas: son humanas, perdidas, sin cielo, con odios y desmanes. Por dios, son humanas. Ya les conté que una vez quise matarme. Y lo último que dije, cuando mi papá entró al cuarto y gritó pidiéndome una razón, fue «es que mi mamá no me quiere». Desde hace diez años estamos intentando ese amor. Y el tiempo se acaba. Hay una bomba de tiempo que es un país y lo indefensos que estamos. Y estamos nosotros a solas, detrás de nuestros muros, repasando el pasado y los pronósticos. Es una locura, dios mío, dios solo, a veces me pregunto si te molesta la obligación de estar solo con nosotros.

El país y la muerte, el país y sus asesinos. El país y una familia, cada familia, que no sabe desde dónde empezar la partida. ¿Por qué? Creo que estoy muy nerviosa y melancólica porque el año se está acabando. Es el año de la muerte de Chávez, el año que me fui de Caracas, el año de haber amado a quien no debía, el año de las deudas, el año de cosas a la mitad. El año de todos ustedes. El año que oí a Wagner y a Stravinsky. El año, al fin, de repetir que no, que no se ha muerto.

¡Ninguna de las dos se ha muerto! Aquí estamos como dos titanes insistentes que desempolvan sus colas de zorros.

Escribo esto porque estoy melancólica y quiero celebrar la vida. Porque quiero creer, con mi odio en la mano, que mi madre, ustedes y yo no somos solamente nuestros errores o lo más dañado de nuestro patrimonio. No puede ser del todo cierto que no sobreviviremos al país.

(Para A.)

El suicidio y Michelle

Estaba en el carro con mi sobrina de catorce años, cuando se explayó a contar que un grupo de su salón tuvo la genial idea de llenar con chicha un preservativo y pegárselo en el morral a una chama, mientras se reían de lo lindo.

Guardé silencio y reventó la indignación. Entendí que había llegado el momento de hacer un ejercicio de memoria:

Al día siguiente le pregunté a Michelle si recordaba que en mayo de 2004 me llevaron a Emergencias porque me había zampado un frasco de Tafil (más o menos sesenta pastillas). Michelle, por supuesto, se sorprendió. A nadie le gusta hablar del suicidio, menos a una chiquilla como ella, que siempre se ríe de todo. Rememoré los eventos de ese día, y al borde del llanto, solo alcanzó a preguntarme que si estaba loca.

Antes de que relatara la broma del preservativo, también soltó que una niña del salón tenía problemas en casa tras el divorcio de sus padres y que todo el mundo sabía que se andaba cortando el brazo:

-Qué fumada, ¿para qué carrizo lo hace? –agregó Michelle en ese entonces.

Esto y aquello me llevó a iniciar esta conversación tan difícil. Yo, ciertamente, no tengo mucho problema para hablar de ese día: después de ir al psiquiatra y llegar a la conclusión de que no quiero matarme (porque no es lo mismo querer matarse que querer morirse), he comprendido que parte del proceso consiste en hacer las paces con la idea, asimilarla como una realidad: la muerte es sobre todo nuestra y a diario comerciamos con ella, desde el miedo de salir a la calle y no volver, hasta fabular en su nombre e invitarla. Pero tener semejante conversación con mi sobrina, y al ver que por primera vez me miraba con miedo, me destrozó. Pero el instinto me indicaba que hacía lo correcto:

Le expliqué, entre otras cosas, que fui muy infeliz en mis años de bachillerato: que mucha gente se burló de mí, que me sentí fea y gorda, que mis padres en ese entonces no sabían cómo hablar conmigo ni yo con ellos, que todo el mundo hacía chistes hirientes sobre la música que me gustaba y sobre los libros que leía. Y sobre todo, QUE TODO EL MUNDO ME DIJO QUE JAMAS SERÍA ESCRITORA EN ESTE PUTO PAÍS. Le confesé, que si bien no me cortaba, sí tenía otras formas de lastimarme, hasta que los problemas fueron tan poderosos una tarde (y es cierto que los problemas iban más allá de lo que aquí explico), que  engullí aquella bola de pastillitas y me senté a esperar: por suerte, sentí un miedo más grande que todo el que había sentido en diecisiete años, y corrí hasta mi hermana Lily antes de caer inconsciente. Después de eso no recuerdo nada, hay un hueco perfecto de silencio, casi envidiable. Veinticuatro horas después abrí los ojos, y Michelle, de cuatro años, me trajo una bolsa de galletas que ella misma tomó de un anaquel en el supermercado, «para que Enza se sienta mejor», según relató mi hermana. Pues resulta que mi sobrina no recordaba nada de eso, y su cara de horror y lágrimas terminaba en la misma pregunta.

¿Por qué? Sigue siendo a pesar de los detalles que sé de memoria, una pregunta imposible de responder. Pero mi intención al contarle esto a Michelle era ofrecerle una perspectiva diferente: que la gente sufre, especialmente cuando es tan joven y no sabe cómo hablar ni pedir ayuda, como tal vez sea al caso de la niña de su salón que se corta o de la gente de la que nos burlamos gastándole bromas infinitas donde ellos no se ríen con nosotros sino que sufren, acumulando resentimiento y dolor.

Uno a veces cree que los niños y jóvenes no tienen alma. Que no pueden entender ciertas cosas y que es mejor permitir que las ignoren. A veces tenemos flojera y no movemos un dedo para educar. O de pronto resulta más fácil hablar sobre control de natalidad que sobre suicidio con una jovenzuela de catorce años. Se conjugan varios elementos. Después de explicarle lo infeliz que fui, le pedí que pensara en las cosas que la asustaban o la entristecían y que empezara a poner a los otros en su situación; que pensara que burlarse de los otros no es igual a reírse con ellos. Le juré que ya no me hago daño, que en lugar de eso, también le tengo mucho miedo a la muerte y que por eso escribo sobre ella. Le pedí que pensara que la inocencia o la ignorancia no son excusas para ir tan lejos y aplastar a los otros.

Estudié en el mismo colegio que ella, una institución privada que recibe a los hijos de la clase media. Puedo decir que ahí me sentí ofendida no solo por mis compañeros. También profesores o familiares me hicieron sentir un chiste o una rareza porque me gustaba leer o Beethoven, o porque no era bella como las otras niñas que se preocupaban por serlo de cierta manera específica.

 Escribir esto es una manera de recordarme a mí también que tenemos que bajarle dos a la indolencia. Nada puede estar bien en nosotros si nuestra felicidad depende de que el prójimo ande herido.  Ah, y está bien ponerse triste y no saber qué hacer, tampoco podemos permitir que los otros nos digan cuál es límite de nuestra confusión: presiento que hasta para estar tristes debemos sentir orgullo y respeto por nosotros mismos. El venezolano tiene por costumbre ofrecer consuelo con una frase de oro: no le pares bola a eso. Bueno, resulta que no funciona así. 

Ahora escribo esto y ella y su hermano tienen un desorden en la sala de mi casa. Me hacen señas para que vaya a jugar. No quiero que nadie les haga daño pero tampoco puedo permitir que ellos se conviertan en los villanos del cuento. Ya. Eso es todo.

Le confesé a Michelle que una vez por poco me mato y al final dijo que por suerte no lo hice porque un día iremos a París.  

Por ahora me ha salido bien el negocio de seguir viva.