deathandmysticism:

St. Michael weighing a human soul and a devil, Lucas Cranach the Elder, 1506

deathandmysticism:

St. Michael weighing a human soul and a devil, Lucas Cranach the Elder, 1506

(vía centuriespast)

Anotación en la cola del chino

La gente dice:

«Enza, el tiempo lo cura todo
tienes la vida por delante
de hecho
la vida es simple pero nosotros la complicamos
no te preocupes
mañana saldrá el sol
no hay mal que dure cien años
no llores
el mundo no se acaba aquí
Enza
ten paciencia
recuerda al hombre que no tenía zapatos
y se encontró a un hombre sin pies
agradece que no eres africana
mira, ahí tienes la nevera llena
Enza, Enzita
cualquiera te hace el favor
no tienes derecho a sufrir
no tienes un hijo enfermo
no tienes deudas en el banco
Enza, mijita
usas Android, Zara y Dioxogen
tienes un papá responsable
y no padeces un horario de trabajo
intenta, no hables de tus sentimientos
al menos en eso
finjamos que somos británicos

recuerda
escribir puede salvarte»


Entonces asiento y doy las gracias
abro la boca y recibo la galleta
digo sana y orgullosa:
pronto saldrá el poemario
tengo unos amigos geniales
incluso logré perdonar a mi madre
voy y le tomo fotos a mis dibujos
y sé que dos o tres personas me envidian
o que dos o tres me harían el favor
sí, por supuesto
escribir puede salvarme
no hay mal que por bien no venga.

Entonces
abro la caja en silencio
y riego las piezas en la cama:
Dios me dio un ángel muerto
y yo insisto en resucitarlo.

Lo malo es que no estoy cobrando por el chou.

Dos anotaciones en el estacionamiento de Farmatodo

I

Los niños son titanes.
Después crecen y recogen
sus cosas muertas en un saco.

Lo que no mata, engorda.
Lo que no mata, fortalece.
Lo que no mata nos mantiene vivos
para dejarnos caer y volvernos triza
antes de que siquiera
toquemos el piso.

Lo que no mata, escuece
hay un titán viejo relamiéndose los bigotes
se mueve por dentro y abre
rendijas en la carne
con tal de espiar un rato
hasta que se aburre, duerme
y lo que sueña no te deja dormir.

Lo que no mata, realmente
no quiere que vivas.

Dile al cielo que te detenga
mira cómo la memoria
no te compadece.

II

Lo único malo de los poetas que sobreviven
-pongamos que me refiero a cualquier polaco-
es que llegan iluminados
por esa estúpida gallardía sagrada
culpándote porque eres apenas un joven
del tercer mundo
convencido, entre otras cosas,
de que no podrá sobrevivir.


Me entra la sarna cada vez que los leo
y recuerdo que no puedo matarme:

Es una canción muy larga
no poder matarse
es el peso de cada año
intentando venerar
este sacramento arrepentido.

Postales de la tribu (III)

Con algo de suerte
uno es capaz de recordar su primer encuentro
con la muerte

yo tenía cinco años
y todo empezó con mi mamá
derramada en el piso de la cocina

y las explicaciones que nunca me dieron
mi vocecita de pronto dañada y adulta
rogándole a la crisis nerviosa
que no se llevara a la vieja
(la vieja tenía 37)

esto quiere decir además
que aquella fue la primera vez
para sentirme arrancada
como si un deslave me hubiese tapiado el rancho
ese fue mi primer atisbo
de la verdad:
ni muerta
volvería a meterme al útero de mi madre
Dios me libre
de reincidir en el delirio
que arrasa con la estrellita de 5 años
y que todavía a los 27
no sabe
y ve para otro lado
cuando pregunta.

(Para Octavio)

Sobre las promesas

–Enza, no te voy a mentir –señaló mi papá después de tomar un sorbo de Nestea durante el almuerzo–. Hay cosas que no se olvidan, no se curan, no se calman. No, ni un poquito. Están ahí todo el tiempo. Yo soy un hombre de sesenta años y todavía no se me olvida lo que sentí la primera vez que vi a mi papá y el viejo no alcanzó más que a encogerse de hombros y preguntarme que si yo era Enzo o era Oswaldo. A mí no se me ha quitado la tristeza y la decepción de ese día. ¿Te imaginas lo que es tener quince años y que te hagan eso? Entonces pasa el tiempo y al principio estás tan ocupado que crees que lo olvidaste, pero es mentira, hasta que vuelve a pasar el tiempo y solo quieres hablar de las cosas importantes. Yo sé que tú no olvidas nada. Bueno, cuando te pongas vieja será peor y me pone triste saber que no estaré ahí para acompañarte. Por eso quiero que me prometas que estarás bien, que no te vas a volver muy loca, que quizás cuando te sientas mal vas a escribir sobre eso y no te harás mucho daño. ¿Sí? ¿Me lo prometes?

Mi madre apareció en la puerta con una noticia y nos interrumpió antes de que pudiera decir nada. He subido apresurada, luego de lavar los platos, para anotar que quizás el sentido de una promesa no reside en llevar a cabo su contenido, sino en enunciarla, en convertirla en una joya verbal, como si prometer, en el fondo, no fuera más que elaborar una plegaria frente al corazón de alguien amado. Uno promete porque no quiere estar solo mientras el tiempo pasa y no hay olvido.  

theparisreview:

From 1947, T.S. Eliot reads “The Naming of Cats.” (via)

"She came like one of her drawings about the world of fishes, or perhaps about the world of animals. She lives with animals. Certain animals. She knows their secrets, which are not secrets to them, but secrets from us. I doubt whether she chose the animals she lives with; they, I guess, chose her. Which would be normal, for it is they who live in her. Inhabit her. They were sitting invisibly inside her at the table."

A Woman and a Man Standing by a Plum Tree. John Berger

26+1

Llegó la hora de ponerme ceremoniosa
porque voy a cumplir años
reconocer por ejemplo
que no me regalarán un perro
ni tampoco un iPod
tiempo de hacer preguntas
que no me hice a tiempo:
oye Enza
por qué un diente de león
se deshace en añicos
al primer viento
por qué no corres más rápido
cuando pasa el heladero
por qué elegiste marzo
por qué
dejaste de amar
despacio
aquella ardua futilidad 
con nombre de arcángel 

cumplirás veintisiete
y ya gastaste el show del suicidio
diez años antes

dormiré ceremoniosa
mientra dibujo todo animal
que no me corresponde.

23:11

Dios no me hizo para dibujar gatos
ni para amar lento

olvidó aclarar en qué idioma
debíamos odiarnos

Dios me dio a Eliot y a Montejo
el mito de mi propia caverna
memoria, ermitaño, vocálica

Dios me preocupa
se aparece en mi cuerpo
y me desaloja.

Partir o The Wolf In The Rhy

image

«En La Casa del Dragón se daban cita los personajes de un drama insignificante», dice Israel Centeno en una de sus novelas. Vivimos en esa casa, me temo, insistiendo en la grandilocuencia inútil de proporcionarle un nombre: decimos patria, mártir, venceremos. Somos un rastro de polvo sobre un alfabeto umbrío que araña sus astucias pasadas, siempre pasadas. La filosofía que nos queda es la del arqueólogo, pesquisas de mausoleo. Esta obra narrativa será indispensable para adivinar la perversidad de, al menos, estos últimos dos siglos. No tanto por su amplitud de tópicos sino porque, a fin de cuentas, no es mucho lo que ha cambiado.

Centeno aparece en 1992 con una novela profética, distinguida con el Premio CONAC de Narrativa: Calletania retrató la ideología del corrupto mesiánico o el festín del hombre nuevo, eyaculador demagógico. Fue el canto chirrido, sellado con atávicas especias, de la carne sobre la brasa, de la hembra desprovista pero siempre allanada. Quien escribe estas líneas, desde los barrotes de su casa apenas burguesa, vio esta historia antes de que el libro llegara a sus manos: Calletania es la crónica del universo barrio, sangre y una larga fila de vírgenes en la espera del caballero que las cruce y les otorgue una mácula. Ese no era mi mundo, no conocí el hacinamiento, pero también quise huir, como quien se lava la herencia con agua y jabón.

Centeno sabe que el exilio es parte de su jugada. Lo supo desde la primera vez que se escondió en el cesto de ropa: «Tenía siete u ocho años y me metí engolosinado con un libro de Stevenson: La isla del tesoro. Estaba engolosinado porque me habían regalado la biblioteca juvenil Gloriel». Y luego se marchó de la ciudad donde fue hombre por casi cincuenta años: «Acá en Pittsburgh, luego de haberme ido con visa de turista, se fue tramitando mi residencia por habilidades especiales. Luego de una visita a Barcelona, me puse en contacto con City Of Asylum Pittsburgh. Me solicitaron sustentar mi condición de exclusión como escritor en mi país, y lo hice con todo el expediente que tenía ya introducido desde los golpes, persecuciones y amenazas desde la edición de El Complot, y con todo el epistolario recibido por mis amenazadores, todo refrendado por las denuncias que hice, por ejemplo, ante Cofavic. Acá me dieron una residencia como escritor en situación de exilio, o sea, fui el escritor en residencia de City Of Asylum Pittsburgh por dos años. Aunque han pasado los dos años, he mantenido los vínculos con la organización: escribo artículos para su revista, Sampsonia Way; participo en sus lecturas, ya son tres años en el Jazz Poetry festival. Y ahora, he comenzado a dar workshop, charlas y conferencias en Universidades. Acabo de culminar una residencia en Cornell University e Ithaca City, y voy a una residencia en Lafayette College en unos días. Ahora tengo visa de residencia permanente en USA. Mi visa no es de asilo pero me he declarado en situación de exilio. Exilio político, entre otras cosas».

Pero el lobo en su trono (oxidado) no puede deshacerse del electrocardiograma de la tierra que lo maldijo y lo empujó al mundo: tierra madre inocente, tierra padre sin rostro, tierra mar abierto, cráneos, edictos, pisadas. Los aullidos de estos personajes relatan órganos y viejos resabios: la pornografía es la poética de un mapa emocional, el tótem cánido que sirve como catalizador de los intentos, siempre intentos, de criaturas sin mensaje y sin destinatario. La Casa del Dragón (Alfadil, 2004), el volumen de cuentos góticos Criaturas de la Noche (Punto de lectura, 2006), y Bajo las hojas (Alfaguara, 2010) –novela finalista del Premio Planeta– forman una trinidad especialmente representativa de mi hábito como lectora de Centeno: ruido, ruido espiritualizado, siempre ruido en busca de un discurso.

Una vez Centeno me habló de cierto pasaje mahleriano, un solo de violín (que además aparece en su cuento «La casa»). Más tarde en esa misma conversación, Centeno hablaría de Paula C. De pronto sentí que había dado con una de las claves de su universo narrativo: esta propensión judía a lo tribal, a los cuentos de gólems y dibuks, parecía, en él, copular armoniosamente con la salsa, esa protesta filosófica propia del bajo vientre. El posromanticismo de principios del siglo XX alcanza una cumbre en el ruido buscando espíritu y en el cuerpo de la mujer que se fue. Que se fue y que habla: «Soy un papel blanco que no se llena de historias, las historias vienen a mí y el papel sigue en blanco, soy liviana, soy la hoja, esa carrera, el hastío, ¿de qué se me acusa? Una mujer debe soltar su mirada al mundo y romper todos los corazones que desee», dice una de las voces afantasmadas que atraviesa Bajo las hojas. Acaso la historia de la literatura se resume en un catálogo de síntomas que apenas piden ser enumerados.  

Palabras claves: bruja, hembra, amarilla, niebla, derviche, girasol, perico, semen, Ramos Sucre, incesto, colmillo, cerro, clítoris, Knoche. Los cuentos y las novelas de Centeno recrean un equilibrio mórbido y escurridizo entre anécdota y lírica, no apto para lectores que exigen comodidades. Sus novelas de universos superpuestos y de géneros licuados, se disputan la atención con los cuentos que homenajean una tradición personal de referentes, de igual manera, en el marco de una verbalización que va de la insolencia a la consonancia hiperbólica. ¿Se desdobla el narrador para cada forma?  «Antes lo tenía claro. Una cuestión de respiración. Respiración corta, verticalidad. Sabes, estructuras, no más de tres personajes, limitar los entramados temporales. Parece una receta útil cuando estás aprendiendo a escribir las primeras cosas. Luego todo va a depender de lo que quieras hacer mientras narras. Cómo vas a bailar o a cantar la historia, ¿la dibujarás jazzeando? Esas cosas. Una vez dentro de esto, usas los géneros. Enlazas cuentos en una novela o dibujas una novela en un cuento: «El jardín de los senderos que se bifurcan» o «Los inmortales». Y si escribes poesía, ¿cuánta unidad de contenido le impones a las formas? A veces deseas como resultado final de una gran novela, la epifanía. La revelación poética. Digo todo esto porque podría recurrir a las fórmulas aceptadas por la ortopedia sobre lo que delimita o desdibuja a cada género», acota el padre de dos, el hijo de Norma.

 Cada lector tiene bajo la manga el cuento que presiente como el más bello y triste del mundo (para usar una expresión de la profesora Violeta Rojo). La musicalidad tribal y el verbo que fustiga le permitieron a Centeno componer uno de los relatos fundamentales para ensayar la existencia de Caracas. «El velo», de Criaturas de la noche, es el espacio interpretado (como si se pudiera), la ciudad desde la cumbre y la caída, que recuenta la historia del hombre, sus ritos sacrificiales, encomienda y eyaculación, gracias a una breve postal sobre el ascenso del protagonista narrador que presagia a la perra amarilla, arrastrando por la montaña la dificultad de elaborar un testimonio definitivo sobre sí y la ciudad impenitente: «Una verdad no se impone ni se predica, una verdad se vive, esas cosas repito a solas mientras veo una lluvia de partículas de neutronios atravesar a los nubarrones, a las parásitas adherida a los árboles, a mi cuerpo y a la tierra; no es una frase feliz, es una querida blasfemia […] Me encuentro, siempre me he encontrado, en la parte baja de una piedra lunar al otro lado de la penúltima eminencia antes de llegar a la cumbre del Naiguatá […] Sin el marco temporal, somos inmemoriales, una raza anterior y desleída».  

Llamarse Israel es convertirse en la cruzada constante por encontrar el lugar prometido: «Creo que hubiese sido difícil responder a otro nombre. Yo le pertenezco. Soy su esclavo. A veces leo el nombre fuera de mí, y siento vértigo». Un vértigo, como quien se atreve a tejer una utopía después de una masacre. Acaso los lobos no pertenecen a la tierra y cantan porque quieren volver a ese lugar del que apenas guardan un recuerdo.

Septiembre 2013

 

La casa embrujada

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(Para Miguel Gomes)

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Hace dos noches estaba trabajando en un ensayo sobre un compositor venezolano, rumiando la fecha de entrega, atorada en una imagen que al parecer no servía para nada. En el último intento apenas alcancé a escribir que «la música es la primera historia de los tiempos que nos heredan en la forma de una canción de cuna, aferrados al pecho de una madre, donde carne, inocencia y angustia promueven el primer discurso de la pasión». Pero estaba cansada y dejé la cosa hasta ahí. Entonces dando pasos en falso en YouTube, encontré la pieza que he colgado más arriba y que necesito que oigan para que puedan formar parte de este relato. Se trata, ni más ni menos, de una canción de cuna que aparece en el disco Maria T, del Balanescu Quartet, en el que rinden tributo a la legendaria cantante y actriz rumana, Maria Tanase (1913-1963).

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Tuve la oscurecida sensación de que no era una canción para dormir a nadie, sino para rogarle que no desapareciera. Pensé que era cosa de rumanos, de una lengua romance, de un país profundamente supersticioso. Pensé en los vestigios comunistas, en todos los siglos que el hombre acumula en el nombre feroz de la barbarie.

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Pensé que era una canción de cuna para un fantasma.

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En el almuerzo del día siguiente, mi papá y yo nos metimos en ese túnel que solemos visitar: el pasado. Y ya no recuerdo por qué, empezamos a hablar sobre la casa, nuestra casa, la número 82 de la calle. Ahí, frente al amplio ventanal de la escalera que esparce la luz sobre el comedor, asistí a un descubrimiento que me alcanzó después de veintiséis años:

―Ya sabes que esta casa se construyó en un terreno de tu abuela. Yo se lo compré, apenas pude. Así que aquí vivía tu mamá: ella estaba tendiendo ropa la primera vez que la vi, flacucha, con la cara brava. Aquí estaba una casa mínima llena de niños apretujados y cholúos. Todos éramos tan pobres. Mucha gente entraba y salía y era un poco terrible, desmasiado terrible, ese descontrol, esas vigilancias ausentes. Una vez le pregunté quién era ese hombre que se sentaba callado en el porche a beberse una cerveza. Tu mamá no sabía, pero sospechaba que era el papá de Rubén, su hermanito muerto, el que se cayó del caballo en Río Chico. Esto, Enza, era muy feo. El cerro llegaba hasta la cocina, mira, mira hasta dónde, y el agua caía y se empozaba donde ahora tenemos el jardín, era casi una quebrada. Cuando vinieron los obreros a sacar la tierra, encontraron unos frascos de brujería, muchos huesos de perro, y el martillo ese que anda por ahí. Sí, ese martillo lo sacamos de la tierra, no sé por qué nunca pude botarlo.

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Mientras mi papá hablaba, en mi cabeza estalló la canción de cuna de los Balanescu.  

―¿Te das cuenta? ―interrumpí apenas con un hilo de voz ya desgastado―. Construiste la casa sobre la vida de mi mamá. Eso es como levantar un palacio sobre un cementerio indio. Eso no es muy bueno. Es muy complicado, como la mayoría de las cosas que nos pasan. ¿Cómo sabes que no quedó ninguna cosa muerta allá abajo? O viva. ¿Cómo sabemos que no hay otras cosas vivas debajo de la casa?

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Pero yo no estaba hablando de esos fantasmas comerciales de sábana blanca. Ni Enzo ni yo creemos en esas cosas. En cambio, sabemos que la carne se aterroriza, que la gente olvida poco, que uno es una máquina de contarse millones de veces la aparición de la jovencita flaca y triste que fue mi madre en la casa del terror. Porque somos la casa de carne de un fantasma en potencia; vivimos con un muerto encima, el que seremos.

Recordé que los rumanos son muy supersticiosos y fui a buscar la canción de cuna.

―Tienes que oír esto, por favor. Los rumanos se parecen a nosotros en que son dueños de una lengua romance y en el apego a sus muertos. ¿Estarás de acuerdo conmigo en que esa canción de cuna le queda bien a lo que me estás contando?

―Sí. Porque no me hace sentir bien. Me recuerda cuando corría asustado por el monte. Estaba tan solo. Los bosques se parecen en todas partes del mundo, sobre todo si uno está asustado. ¿Sabes qué asusta a los niños? La soledad absoluta. Tu canción de cuna me pone muy triste porque me recuerda que en un tiempo no hubo nadie. Enza, a mí nunca me cantaron nada.

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Hablamos de Nicolae Ceausescu. Hablamos de Lucian Blaga.

―El comunismo, es eso. Nos estamos pareciendo a gente que siempre vimos desde la distancia y la indiferencia. Locura es que algo te arranque tanta risa y tanto miedo.

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Ahora sé que nos morimos varias veces en la vida. Y cantamos porque es necesario resucitar ese tiempo sobre la tierra que nos fue encomendada, una y otra vez, una y otra vez. Nuestra canción de cuna es una forma de rezar por todo lo que no podemos echar al olvido.  

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PS. Mencioné a Maria Tanase y de inmediato vinieron a mi encuentro Chavela Vargas, Fairouz, Amália Rodrigues… Grandes mujeres, reinas de todo y de nada. 

Una pregunta que no cabe en 140

Desde ayer he leído a varias damas compungidas por la pura indignación a propósito del videíto de Shakira con Rihanna. Eso me ha llevado a preguntarme si a veces no son precisamente las mujeres quienes necesitan censurar (es decir, dominar y reprimir) a otras mujeres porque les resulta ofensivo y amenazante que sean otras quienes expresen los alcances de la sexualidad. Me pregunto si este es un nuevo caso de machismo perpetrado por una serie de totonas envidiosas que en el fondo mueren de furia por no ser ellas las que alborotan a los falos del mundo.

Ya. Eso era todo. 

El país vs. Mansfield

(Para Violeta Rojo)

A menudo me preguntan por qué la mayoría de mis cuentos relatan la vida de personajes extranjeros. Surge la interrogante de por qué el protagonista de «Plegarias para un zorro» es un niño de diez años nacido en Caracas, de padre británico y madre libanesa. Y la pregunta viene acompañada de la exigencia de que como escritora venezolana debería ocuparme de asuntos más criollos. Nada de abedules ni de señores irlandeses.

Voy entendiendo que algunos lectores se sienten incómodos con lo que suponemos no es propio y me temo que eso es una consecuencia del horror con que nos soportamos: porque nos pesa reconocer que poseernos con toda nuestra carga cultural no siempre nos llena de orgullo. No responder a un nacionalismo vigoroso o al menos a una zona neutral nos predispone a la sospecha: ¿Me amo? ¿Me odio? ¿Quién soy? ¿Era necesario que el niño del cuento fuera así? No, me parece que no, salvo que era necesario porque a mí me dio la gana. ¿Es necesario que un autor se ocupe de eso que los demás piensan de su obra? No. Pero también creo que sí, si entendemos que publicar trae la consecuencia de recibir una respuesta. Sería muy ridículo, por supuesto, si uno relinchara cada vez que un lector opina algo (a favor o en contra) sobre lo que escribimos pero también sería mentira si dijéramos que dichas opiniones no son capaces de generar una respuesta reflexiva.  

Me gusta contar cuentos sobre cosas que no se parecen y que al final, ni más ni menos, estaban destinadas a parecerse (es decir, a aparecerse mutuamente). Siempre me ha obsesionado el proceso mediante el cual este país inquietante se ha convertido en lo que es, y este producto que somos, ya se sabe, se lo debemos al bojote de gente que colonizó, asesinó, y se reprodujo con el sabor local en el escenario de esta perla del caribe hace ya unos cuantos siglos. Y luego a los seres que a mediados del siglo XX eligieron este destino para que años después sus vástagos se vieran huyendo en cambote.

He vivido mis casi veintisiete años soportando y anotando muestras de racismo e intolerancia entre un bando y otro (en este caso me refiero a criollos e importados), juzgándonos a la ligera y construyendo una serie de prejuicios recíprocos.

Aquí vienen los ejemplos: tengo varios amigos árabes que son como mi familia, pero también conozco a varias personas que padecieron la tragedia de ser rechazados por familias árabes, portuguesas o chinas, una vez que intentaron una relación con algunos de sus miembros. En otra ocasión asistí a un festival de danzas entre los clubes europeos de Caracas y pasé la noche anotando en mi libreta mental todas y cada una de las muestras de orgullo nacionalista, acompañadas asimismo por venezolanadas como intentar colearse, tirar vasos, sonsacar al novio de la otra o buscar pelea, cosas que según me han dicho, se cuentan entre los rasgos que los extranjeros (o descendientes inmediatos de extranjeros) odian de nosotros. Así, ni más ni menos, me obsesiona cómo los otros nos sirven para negar cosas de nosotros mismos frente a nosotros mismos. La otra cara de la moneda aparece cuando los que se llaman verdaderos hijos de la patria desprecian a los venezolanos de apellidos raros (pongamos por ejemplo a un Simonovis o a un Radonsky), convirtiéndolos en paradigmas de la clase racista, burguesa y diabólica que aplastó al país durante cuarenta años. O, por el contrario, tenemos a quienes idealizan al hijo del extranjero como símbolo de la salvación y del estilo de vida digno de imitar, porque mija, búsquese un marido italiano o turco, mire que esos bichos tienen plata.

Sí, una vez alguien me felicitó por tener (en aquellos tiempos) un novio con pasaporte español.

Supongo que no importa de dónde vengan nuestros padres o abuelos, si son franceses o kariñas, lo cierto es que este pedazo de tierra nos vuela los tapones.

Volvamos a Shadiya Mansfield, el niño protagonista de «Plegarias para un zorro». Hace algunas horas un lector me dijo después de leer el cuento que desde el principio supo lo que iba a pasar. Y terminé preguntándome si el niño también lo sabía, el niño más allá de mi ejercicio de contar el cuento. Para mi horror presentí que él sabía que su destino era morirse y que tal vez, en cierto modo, Shadiya se había suicidado: esto me lastimó hondamente, porque además me reveló un desdoblamiento extraño, en que el cuento narrado es, sobre todo, un cuento que yo me narro a mí misma y del que todavía, a estas horas, recibo secretos develados. Algunos me han dicho que no es más que un cuento japonés y otros que es cuento sobre el exilio. Pensando ahora que también es cuento sobre matarse, comprendo lo evidente, que uno no se mata de golpe. El suicidio es una idea que se toma un tiempo antes de cuajar en el corazón. Y era como si el niño de mi cuento hubiese logrado lo que yo no pude. Creo, desde este momento, que Shadiya Mansfield no quería recordar de dónde venía, que se fue corriendo detrás de esa muerte preciosa y chiquita encarnada en la criatura cuyo nombre ya no quiero mencionar. Puede que sea un gesto absolutamente inapropiado que un escritor ande explicando por ahí de qué cree que va su cuento. No es mi intención. Pero resulta que estoy inhabilitada para callarme cuando algo me asombra.

Uno cree que es dueño del cuento porque lo escribe y resulta que el cuento se comporta como un animal con vida privada. Resulta que siempre queda algo por leer entre sus líneas. El narrador se acostumbra a su poder fecundador y por un momento se atreve a olvidar que a veces no es más que otro oyente de la hoguera atávica frente a la que alguien contó el primer relato. Perdonen que me ponga esotérica y arqueológica.  

¿Qué hace la literatura? Últimamente necesito recordarle a todo el mundo que la literatura no salva. Entonces me descubro explicándome que acaso la vida se compone de pequeñas lealtades estériles, como cuando sale el sol por el mismo lugar o se mueren las cigarras y vuelven a nacer, y uno sigue solo mirando el techo, preocupado por la próxima devaluación o por el tipo que no te quiere. Quizás el acto de contar, que siempre haya algo que contar, obedece a esa ley de lealtades sordas, de plegarias que nadie responde. No nos salva, pero nos mantiene atentos, que no es poca cosa. Claro, no todo el mundo echa cuentos estrictamente literarios que se publican en un libro, pero ¿habrá algo más literario que un padre o una abuela ordenando su propia memoria frente al público de sus seres amados? El amor, entre humanos que tanto se odian, necesita permanentemente de ese impulso relator (¡delator!) que engendra personajes y con suerte, personas. 

PS. Sobre el dibujo que acompaña esta nota: sí, se trata de Shadiya Mansfield y de Kitsune. Los dibujé esta mañana. 

Sobre uno y la música de los otros

Ayer recordaba aquella vez hilarante cuando en una reunión entre amigos, un oficialista me acusó de obedecer a los intereses conservadores y burgueses encarnados en el estudio de la música académica, sobre todo porque yo ni siquiera soy músico, suponiendo además que ignoraba la existencia de cualquier movimiento popular y autóctono en el vasto continente que habitamos. Mi respuesta fue preguntarle si conocía la Cantata criolla del maestro Antonio Estévez.

Su respuesta fue que no.

―Pero al menos te sabes Florentino y el Diablo.

―Tampoco.

―¿Has oído a Argenis Sánchez?

―No.

―¿El Joropo de Moisés Moleiro?

―No.

―¿Tienes algo de Simón Díaz en el iPod ese que cargas ahí?

―Ehhh, no.

Ahí murió la discusión. El resto de la velada recibí miradas asesinas.

Por cierto, no tengo un iPod porque nunca he podido comprarme uno. Cada vez que lo he intentado, se traviesa alguna otra necesidad inquietante. Ahora termino de escribir la frase anterior, y alguien me confirma que aquel chamo combatiente se fue del país a finales del año pasado.

Ya dije que todo es hilarante, ¿no?

Me interesa esta necesidad humana de generar bandos. Si algo nos ha vendido este proceso revolucionario es la urgencia por convertir cada uno de nuestros gestos en una declaración de principios. Mientras algunos se ufanan en su chovinismo de pacotilla, incluso ignorando elementos fundamentales del espíritu cultural del terruño, otros, por su parte, se sienten en la obligación de rechazar lo que nos han obligado a consumir en contra de todo lo foráneo: mientras un chavista se arranca las vestiduras por una música que de pronto ni siquiera oye, pero que es muy nuestra, un opositor se siente a salvo cuando insulta al joropo, a la gaita zuliana o a los tambores de la costa. Pero entre unos y otros, surgen grises igual de hilarantes:

Está la gente que asiste a los conciertos de música académica pero que no se calla durante la presentación. Tampoco apaga el celular y no siente ni el más mínimo interés por lo que oye ni por lo que dice el programa. Lo he contado millones de veces, así que vuelvo y repito:

―Señora, ¿esta es la cola de las entradas para Mahler?

―No, es la cola para Dudamel.

Adivinen qué iba a dirigir Dudamel.

Esas personas suben una foto a Instagram cuando asisten a los  conciertos.

Luego sigue el grupo de quienes cada cinco minutos acotan que no sienten ningún interés por la música culta porque ellos no se la tiran de intensos, porque no les interesa presumir, porque prefieren cosas más populares, como la salsa o el rock argentino. Curiosamente, de este tipo de personas hay en los dos extremos políticos reinantes: gente que traza ella misma el nivel de orgullosa inferioridad con respecto a un enemigo intelectual. Gente, que por algún motivo, necesita de antemano defenderse de una afrenta. Creo que mucho se ha dicho ya sobre el espíritu de aquellos que desprecian toda forma de mérito y de esfuerzo.

Y está la gente a la que solo le importa la música académica y sus alrededores, gente que se ufana de ignorar que existe el vallenato o el pop británico, gente que primero muerta antes que reconocer que se sabe al menos una canción de Vicente Fernández, gente muy exquisita que necesita recordarle a todo el mundo lo mucho que ha estudiado la historia de la ópera o del jazz en todas sus vertientes. Gente que se alegró mucho cuando falleció Diomedes Díaz porque así quedaba menos miseria y chabacanería en el mundo.

Traigo este recuento de posibilidades porque me temo que en todas brilla un denominador común: la confirmación de la personalidad en consecuencia de la relación con los otros: soy mejor que tú o no me importa si crees que soy menos que tú. No nos interesa oír la Cantata Criolla pero nos interesa que nos compren el discurso de que no tenemos nada que buscar en los valses vieneses. No nos interesa oír a Mahler pero nos importa que nos vean en un concierto de Dudamel. No nos interesa Mahler ni Dudamel pero quiero que el otro sepa que soy muy feliz oyendo salsa o merengue. Nos interesa mucho lo que amamos pero quizás no tanto como que los otros sepan que lo que aman no es tan importante.

Sí, estamos locos. Todo ese mundo más allá de nosotros mismos nos excita y nos duele, nos arrincona y nos maldice, nos quita el aire y nos pide explicaciones que en el fondo nadie nos ha pedido. Somos una maldita máquina de odios mutuos. 

¿En cuál categoría me ubico yo? Espero que por mi bien, en ninguna, pero por si acaso, no cantaré victoria por mi supuesta superioridad moral. La intolerancia explota en los momentos más inesperados y convivir con los otros es un oficio para el que no existe una preparación previa, solo una práctica constante y brutal, cuyas explicaciones pocas veces nos alcanzan para tantas pasiones en disputa. Suelo quejarme en Twitter de la música de los otros, usualmente del vallenato o del reguetón, porque como a muchos de ustedes, me toca soportar la falta de conciencia ciudadana de quienes comparten su música a todo volumen cada vez que hacen una fiesta. Es verdad, no me gusta el vallenato o la salsa, como tampoco me mata el jazz y también es cierto que ignoro casi todo sobre el rock, pero no tengo nada que decir sobre la gente que disfruta estos géneros. Ni siquiera me importa. Lo que me importa es que cuando oigo a Mahler o a Kayhan Kalhor o a Inocente Carreño, mi vecino tampoco tiene nada que decir porque sencillamente ignora que los estoy oyendo: existen los audífonos (o el volumen moderado) y la convicción de que el espacio de los otros merece respeto. De eso, al menos, sí me permito presumir. En este barrio nadie dirá que lo tuve despierto hasta las cinco de la mañana, metiéndole por las orejas a los compositores del nacionalismo checo.

Y usted, ¿para quién se maquilla? ¿A quién quiere aplastar cuando dice que ama algo? 

Esto no es una cuca: las mujeres y las malas palabras

En la captura de pantalla se aprecian dos prejuicios tristes: que la feminidad consiste en salvarse de malas palabras y que la literatura significa, apenas, un lenguaje aséptico.  

No quiero escribir un texto demasiado largo, contestando al machismo y a la mediocridad literaria del caballero en cuestión. Prefiero invitarlos a que lean (de nuevo) la entrevista a Malala Yousafzai, quien tomó heroicamente para sí la tarea de hacer todo lo posible por los derechos y la educación de las niñas en su país. No quiero contarme como una víctima ni comparar mi incidente con el de la jovencita pakistaní, pero midiendo cada hecho con prudencia, no puedo pasar por alto que muchas veces nos sentimos orgullosos por los logros de Occidente, por las libertades de las que nos ufanamos, y entonces algo nos obliga a mirar de nuevo, una grieta que habla de cuánto debemos superar todavía. No quiero sentirme víctima de esto porque hoy ya bastante me he sentido víctima, en cambio, de quienes nos gobiernan (ajá, otra vez). Pero sí quisiera dejar para el registro personal esta nueva decepción: dicho incidente me hizo pensar en otros de igual calaña. Hace un año cuando aparecí en Globovisón, entrevistada por Aymara Lorenzo, a propósito de mi condición de escritora, algunas mujeres me arengaron por haberme expuesto en pantalla sin maquillaje, sin accesorios y con una indumentaria poco imaginativa; y la frase lapidaria siempre fue «es que serás muy escritora, pero tienes que ponerte bonita, tú sabes cómo es».

Sepan que no me opongo a la belleza planificada y que desprecio tanto a quienes dicen que las mujeres inteligentes son todas feas como a quienes aseguran que las mujeres bellas son todas brutas.

Lo que me impresiona en ambos casos es cómo tenemos ideas profundamente conservadoras y trastocadas sobre las funciones que debe cumplir cada género sexual y cada género artístico: sí, a estas alturas. Y por eso quiero decir otra vez que estoy harta de esta legión de mujeres mirándose de arribabajo, despreciándose y participando en el juego del machismo, como si la vida se redujera a ser demasiado bella o demasiado culta para derrotar a las otras en la caza del macho, de la misma forma en que estoy harta de los hombrecitos que pretenden regañarnos y acaso obtener una disculpa por no cumplir el rol de damisela casta y pura bienhablada que no rompe un plato, que no pide ni da sexo oral y pare usted de contar.

Es mi tema, el de todos los días: la forma en que nos hacemos la vida imposible los unos a los otros. Después de la risa y el asombro frente a situaciones como esta, tan solo me queda el miedo, el mismo de ustedes: por una razón o por otra, es insostenible vivir en este país, es insostenible vivir entre nosotros, porque si no es el vecino con su música a todo volumen, es el conductor que se detiene sobre el rayado peatonal, o la mujer que te mira a ver si vas mal vestida o el señor que te quiere agarrar el culo en el vagón del metro o el que te anuncia el UF en Twitter porque, oh dios mío, le indigna que no seas mujer como a él le gusta y porque además tiene que decírtelo, esperando no sé qué. Siempre el gesto de cobrarle un peaje al prójimo por atreverse a vivir como mejor le parezca.

Tan solo quiero invitarnos a que nos probemos a diario que de verdad no nos merecemos el infierno que nos toca atravesar a cada minuto.